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domingo, 16 de diciembre de 2012
Entre las cenizas.
Entre las cenizas hay una mujer de vestido blanco que moja sus cabellos con el agua de la cubeta que firmemente lleva entre los brazos. Entre las cenizas hay un hombre que la mira y que no puede creer la blancura del vestido de la mujer mientras frota sus cansadas manos. Entre las cenizas hay también un gato.
- Es hermoso, ¿no le parece?.
- ¿El qué?, disculpe.
- Todo esto. Las cenizas.
- Ah, ¿le gusta?. Le gusta.
- Siempre he encontrado cierta fascinación...
- En el sufrimiento de los demás quiere usted decir.
- No, no me mal interprete. Me refiero a, la idea en sí.
- Corazones consumidos por el fuego.
- Sí, me gusta la idea de que alguien aún pueda amar así.
- ¿Aún?.
- Aún. ¿Por qué sonríe?
- ¿No me está permitido sonreír?
- No dije eso, no es una prohibición sino una pregunta; mera curiosidad.
- Bueno, pues sonrío, para... espantar el mal rato.
- ¿Es eso posible?
- Inténtelo. Sin tanto esfuerzo... debería ser más simple.. espere, ¿qué hace? Antes a la gente se le caían las sonrisas de la cara o se las dejaban arrancar fácilmente.
- Yo nunca he sido fácil.
- Sí, se nota. Y no se moleste, es un cumplido.
- Es difícil de creer.
- Las mejores cosas son siempre difíciles de creer.
- Sí, es cierto, y la verdad es un poco triste.
- ¿Le parece triste la Verdad?
- No. Me refiero a que en verdad es triste que sea difícil creer que... Sí, un poco.
Hay entre las cenizas, una mujer, un hombre y un gato.
viernes, 24 de junio de 2011
Yrealidades.
Un hombre mira hacia arriba, gira sobre su propio eje, saca un papel de su saco, lee; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina sobre el pasto, alza la mirada, mira el sol, sonríe, saca de su bolsillo un reloj, mira la hora; el hombre se hace de piedra.
Un hombre sube la escalera, uno, dos, tres escalones, llega hasta arriba, flexiona las rodillas, se rasca la cabeza; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina en círculos, respira hondo, agita los brazos, aguanta la respiración; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina por la calle, se detiene, mira el reloj, otro hombre se acerca con una pistola, le dispara en la cabeza y se va con el reloj; nadie ha visto nada y los que lo han visto no dicen nada, ¿se han vuelto de piedra?
viernes, 22 de abril de 2011
¡Con razón! (Y sin ella)
Algunas personas gritan, otras prefieren callar. Algunas gritan con razón, otras sin razón. Algunas personas tienen mucho que decir y callan, otras, como yo, contamos historias que la gente finge no escuchar.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
Huérfana 1. — ¿Por qué lloras?
Huérfana 2. — Mira. Mi pan se cayó en el lodo.
Huérfana 1. — No te preocupes, podemos comprar otro.
Huérfana 2. — ¿Tienes dinero?
Huérfana 1. — No.
Pausa.
Huérfana 1. — Si quieres yo te puedo convidar del mio.
Huérfana 2. — Sí.
Huérfana 1. — Aunque está un poco duro.
Pausa.
Huérfana 2. — No importa, está rico. Gracias.
Algunas personas caminan con prisa, otras prefieren quedarse donde están. Algunas corren sin fijarse, otras pidiendo permiso. Algunas personas tienen un lugar a donde ir, otras, como yo, contamos historias que la gente prefiere no sentarse a escuchar.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
Desempleado 1. — ¿Y tu mujer ya está mejor?
Desempleado 2. — No, todavía esta muy enferma.
Desempleado 1. — Ya verás que se pondrá mejor muy pronto.
Desempleado 2. — Sí, sólo necesita unos medicamentos.
Desempleado 1. — El dinero se consigue fácil.
Pausa.
Desempleado 1. — Tengo un reloj en la casa que se puede empeñar.
Desempleado 2. — No te preocupes, no es necesario.
Desempleado 1. — Sólo sería un préstamo.
Pausa.
Desempleado 2. — Sí, el dinero se consigue fácil. Gracias.
Algunas personas tienen mucho que hacer, otras prefieren no hacer nada. Algunas hacen lo que pueden, otras no pueden hacer nada. Algunas personas deberían hacer algo, otras, como yo, contamos historias que la gente sin que hacer prefiere no escuchar.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nunca los tuvo, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
Huérfana 1. — ¿Por qué lloras?
Huérfana 2. — Mira. Mi pan se cayó en el lodo.
Huérfana 1. — No te preocupes, podemos comprar otro.
Huérfana 2. — ¿Tienes dinero?
Huérfana 1. — No.
Pausa.
Huérfana 1. — Si quieres yo te puedo convidar del mio.
Huérfana 2. — Sí.
Huérfana 1. — Aunque está un poco duro.
Pausa.
Huérfana 2. — No importa, está rico. Gracias.
Algunas personas caminan con prisa, otras prefieren quedarse donde están. Algunas corren sin fijarse, otras pidiendo permiso. Algunas personas tienen un lugar a donde ir, otras, como yo, contamos historias que la gente prefiere no sentarse a escuchar.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
Desempleado 1. — ¿Y tu mujer ya está mejor?
Desempleado 2. — No, todavía esta muy enferma.
Desempleado 1. — Ya verás que se pondrá mejor muy pronto.
Desempleado 2. — Sí, sólo necesita unos medicamentos.
Desempleado 1. — El dinero se consigue fácil.
Pausa.
Desempleado 1. — Tengo un reloj en la casa que se puede empeñar.
Desempleado 2. — No te preocupes, no es necesario.
Desempleado 1. — Sólo sería un préstamo.
Pausa.
Desempleado 2. — Sí, el dinero se consigue fácil. Gracias.
Algunas personas tienen mucho que hacer, otras prefieren no hacer nada. Algunas hacen lo que pueden, otras no pueden hacer nada. Algunas personas deberían hacer algo, otras, como yo, contamos historias que la gente sin que hacer prefiere no escuchar.
Esta es la historia de una mujer que nació pegada al suelo. No tiene padres, nunca los tuvo, nació en una maceta, su destino es tan frío como el rocío de la mañana.
viernes, 8 de abril de 2011
Incandescente I
El muchacho se levanta y corre hacia la puerta que divide los dos vagones. El hombre calvo se levanta y saca un arma, apunta hacia el muchacho. A un mismo tiempo el hombre calvo dispara y el muchacho salta contra la puerta. El muchacho se vuelve transparente como un fantasma; atraviesa la puerta y llega al otro vagón, la bala no lo toca, pasa de largo sin herirlo. El muchacho voltea a ver al hombre calvo y sonríe, hace una seña obscena y sigue corriendo. El muchacho atraviesa esta vez uno de los respiraderos del metro y sale al túnel; el metro se aleja.
El muchacho espera. Dos minutos después, salidos de la nada, dos hombres aparecen frente a él. Dos días antes de este día, hubo un accidente de trenes en alguna ciudad del mundo.
El muchacho espera. Dos minutos después, salidos de la nada, dos hombres aparecen frente a él. Dos días antes de este día, hubo un accidente de trenes en alguna ciudad del mundo.
lunes, 21 de marzo de 2011
Estático
Hablo con mi soledad, hablo con la pared, la pared me mira, seria, me ignora. ¿Hay alguien afuera? Abro la puerta y me sigo sintiendo encerrado. Miro al cielo, a la luna. La luna brilla sobre mí, lejana, inalcanzable. La luna me invita a soñar, a desaparecer, pero no puedo, no puedo; vuelvo dentro de la casa.
Hablo contigo, pero no me oyes, te has vuelto como de piedra y me miras... no, no me miras, tu rostro de piedra apunta hacia mi, sólo es eso. El tiempo ya no corre.
Me siento en una silla de madera, miro mi máquina de escribir que escurre tinta como si fuera sangre. Los pies se me pegan al piso. Intento escribir, pero las letras se resbalan del papel y saltan por la ventana directo al olvido. Las miro alejarse sin poder levantarme aún de la silla. Abro la boca y de ella sale un extraño mugido. Muuuuuuuuuuuuuu. Muuuuuuuuuuuu. Muuuuuuuuchos segundos después logro levantarme. Mis pies ya no pesan, pero ahora mis rodillas crujen con cada paso.
En el armario hay telas de colores. Trato de vestir la estatua en la que te has convertido, pero las telas pierden color al contacto. Pongo música, no funciona, sólo salen zumbidos del toca discos. Trato de sonreírle a la adversidad y la cara se me vuelve de cera.
Sencillo. Simple. Mediocre. Estático.
Hablo contigo, pero no me oyes, te has vuelto como de piedra y me miras... no, no me miras, tu rostro de piedra apunta hacia mi, sólo es eso. El tiempo ya no corre.
Me siento en una silla de madera, miro mi máquina de escribir que escurre tinta como si fuera sangre. Los pies se me pegan al piso. Intento escribir, pero las letras se resbalan del papel y saltan por la ventana directo al olvido. Las miro alejarse sin poder levantarme aún de la silla. Abro la boca y de ella sale un extraño mugido. Muuuuuuuuuuuuuu. Muuuuuuuuuuuu. Muuuuuuuuchos segundos después logro levantarme. Mis pies ya no pesan, pero ahora mis rodillas crujen con cada paso.
En el armario hay telas de colores. Trato de vestir la estatua en la que te has convertido, pero las telas pierden color al contacto. Pongo música, no funciona, sólo salen zumbidos del toca discos. Trato de sonreírle a la adversidad y la cara se me vuelve de cera.
Sencillo. Simple. Mediocre. Estático.
lunes, 14 de febrero de 2011
Luces rojas y azules
Hoy hace frío, no más ni menos que otros días. Nada parece extra especial. Como una paleta distraídamente tratando de pensar en lo que haré cuando llegue a casa. El palito de la paleta brilla en una luz azul fosforescente. Hay poca gente y alcanzo lugar en el metro. Hoy parece ser un buen día, es decir, nada especial, sólo un buen día.
Nos movemos entre los túneles. Hago berrinches cada que el metro se detiene, aún cuando sólo sea por unos momentos; nunca parece haber una razón lo suficientemente buena como para que el metro se detenga entre los túneles.
Hoy en la mañana tuve tiempo de hojear los periódicos; descabezados y muertos ocupaban la primera plana. Accidentes, incidentes, delincuencia. No sé si debería sorprenderme, a veces no sé.
Llegamos a la estación que termina en Z. Al salir voy distraído, a penas echo un vistazo a las personas que van a mi alrededor; a veces me pregunto porque nadie corresponde mis miradas. La luz roja del metro se desvanece a lo lejos. Luces rojas y azules que acompañan mi camino.
El palito azul de mi paleta juega con mis dedos de camino a la salida. Miro el suelo mientras camino, no porque no valga la pena levantar la mirada, sino porque algo en el andén que acabo de dejar abajo llama mi atención; un zapato negro, y a su lado un cuerpo sin vida cubierto con un plástico que refleja una triste luz azul hacía la noche no más fría que otras noches.
Los muertos saltan del papel de periódicos que no leo y se cruzan en mi camino. Hay policías y yo sigo caminando. A la salida del metro escucho voces, "fue un asalto" "todavía no han quitado el cuerpo", el cuerpo del crimen.
Las luces rojas y azules de patrullas pasan frente a mis ojos. A veces me pregunto si lo que escribo se parece más a la ficción o a la vida real. A veces me pregunto porque esto no se queda en la ficción, en el papel, o entre los escritos de un blog. A veces me pregunto. Y mientras me pregunto, pasan frente a mí luces rojas y azules.
Nos movemos entre los túneles. Hago berrinches cada que el metro se detiene, aún cuando sólo sea por unos momentos; nunca parece haber una razón lo suficientemente buena como para que el metro se detenga entre los túneles.
Hoy en la mañana tuve tiempo de hojear los periódicos; descabezados y muertos ocupaban la primera plana. Accidentes, incidentes, delincuencia. No sé si debería sorprenderme, a veces no sé.
Llegamos a la estación que termina en Z. Al salir voy distraído, a penas echo un vistazo a las personas que van a mi alrededor; a veces me pregunto porque nadie corresponde mis miradas. La luz roja del metro se desvanece a lo lejos. Luces rojas y azules que acompañan mi camino.
El palito azul de mi paleta juega con mis dedos de camino a la salida. Miro el suelo mientras camino, no porque no valga la pena levantar la mirada, sino porque algo en el andén que acabo de dejar abajo llama mi atención; un zapato negro, y a su lado un cuerpo sin vida cubierto con un plástico que refleja una triste luz azul hacía la noche no más fría que otras noches.
Los muertos saltan del papel de periódicos que no leo y se cruzan en mi camino. Hay policías y yo sigo caminando. A la salida del metro escucho voces, "fue un asalto" "todavía no han quitado el cuerpo", el cuerpo del crimen.
Las luces rojas y azules de patrullas pasan frente a mis ojos. A veces me pregunto si lo que escribo se parece más a la ficción o a la vida real. A veces me pregunto porque esto no se queda en la ficción, en el papel, o entre los escritos de un blog. A veces me pregunto. Y mientras me pregunto, pasan frente a mí luces rojas y azules.
martes, 1 de febrero de 2011
A los pies de Atenea
De vuelta a mi irrealidad: la Facultad de Filosofía y Letras, el Colegio de Literatura Dramática y Teatro.
Cuadro 1
(Diálogo en oscuro)
—¿Y yo qué hago aquí?
—¿No te lo han dicho?
—No.
—No tardarás en enterarte.
—¿Tú quién eres?
—Créeme, no querrás saberlo.
—¿Estoy muerto?
—Todavía no.
—No me quiero morir.
—Todos estamos muertos ya de alguna manera.
—No recuerdo mi nombre.
—Te llamas Pedro.
Pedro. —¿Cómo lo sabes?
—Créeme, no querrás saberlo.
Pedro. —¿Por qué está tan oscuro?
—Es que tienes los ojos vendados.
Pedro. —¿En serio?
—Intenta quitarte la venda.
Pedro. —(Lo intenta) No puedo. Tengo miedo.
—Eres un hombre sensato Pedro.
Fin de Cuadro 1
Cuadro 2
(Diálogo)
—Si alguien te encuentra aquí...
—Tranquilo, nadie se va a enterar.
—Te matarán, y a mi también.
—Te matarían de todos modos.
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
—No sé, hasta que encuentre algún lugar mejor.
—Ya no quedan muchos lugares.
—Lo sé; fue una suerte encontrarte.
—Debes ser cuidadosa, no quiero que corramos riesgos, mi familia...
—Tu familia estará bien, seré cuidadosa.
—¿Cómo te llamas?
—Será mejor que no lo sepas.
—Debo irme.
Desconocida. —Gracias por dejarme quedar.
Fin de Cuadro 2
Cuadro 1
(Diálogo en oscuro)
—¿Y yo qué hago aquí?
—¿No te lo han dicho?
—No.
—No tardarás en enterarte.
—¿Tú quién eres?
—Créeme, no querrás saberlo.
—¿Estoy muerto?
—Todavía no.
—No me quiero morir.
—Todos estamos muertos ya de alguna manera.
—No recuerdo mi nombre.
—Te llamas Pedro.
Pedro. —¿Cómo lo sabes?
—Créeme, no querrás saberlo.
Pedro. —¿Por qué está tan oscuro?
—Es que tienes los ojos vendados.
Pedro. —¿En serio?
—Intenta quitarte la venda.
Pedro. —(Lo intenta) No puedo. Tengo miedo.
—Eres un hombre sensato Pedro.
Fin de Cuadro 1
Cuadro 2
(Diálogo)
—Si alguien te encuentra aquí...
—Tranquilo, nadie se va a enterar.
—Te matarán, y a mi también.
—Te matarían de todos modos.
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
—No sé, hasta que encuentre algún lugar mejor.
—Ya no quedan muchos lugares.
—Lo sé; fue una suerte encontrarte.
—Debes ser cuidadosa, no quiero que corramos riesgos, mi familia...
—Tu familia estará bien, seré cuidadosa.
—¿Cómo te llamas?
—Será mejor que no lo sepas.
—Debo irme.
Desconocida. —Gracias por dejarme quedar.
Fin de Cuadro 2
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| Going West de Jackson Pollock |
domingo, 26 de diciembre de 2010
Publicidad
Mientras el hombre duerme en el sillón, a las dos de la mañana de un día cualquiera, la televisión sigue prendida. Latas de cerveza en el sillón, un anunció en la televisión.
"Si su marido no puede ver lo bella que es, sáquele los ojos"
"La cirugía plástica es la solución, solo tienes que hacer una llamada"
"Tallas grandes y no tanto, para la mujer como tú"
Nada de ruido en la calle, extraño. El hombre ronca ligeramente. La noche o madrugada de un día cualquiera. La televisión encendida.
"Lo mejor en línea de belleza...
"La línea de la belleza...
"Lo que usted necesita....
"No lo piense más, sólo una llamada....
"Visítenos, estamos cerca de usted, siempre cerca de usted...
"La línea de la belleza"
Imágenes de mujeres de plástico inundan la pantalla.
"No pagues una fortuna, hazlo tú misma, hilo y aguja de cirugía facial.
Con esta crema literalmente tu piel se volverá de porcelana.
Las manos más delicadas con el adelgazador de dedos."
Proposiciones irreales. Sueños hechos realidad. Cultura "pop".La mejor arma contra el tiempo.
"Si su marido no puede ver lo bella que es, sáquele los ojos"
"La cirugía plástica es la solución, solo tienes que hacer una llamada"
"Tallas grandes y no tanto, para la mujer como tú"
Nada de ruido en la calle, extraño. El hombre ronca ligeramente. La noche o madrugada de un día cualquiera. La televisión encendida.
"Lo mejor en línea de belleza...
"La línea de la belleza...
"Lo que usted necesita....
"No lo piense más, sólo una llamada....
"Visítenos, estamos cerca de usted, siempre cerca de usted...
"La línea de la belleza"
Imágenes de mujeres de plástico inundan la pantalla.
"No pagues una fortuna, hazlo tú misma, hilo y aguja de cirugía facial.
Con esta crema literalmente tu piel se volverá de porcelana.
Las manos más delicadas con el adelgazador de dedos."
Proposiciones irreales. Sueños hechos realidad. Cultura "pop".La mejor arma contra el tiempo.
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| Trabajo del artista Eduardo Paolozzi |
martes, 21 de diciembre de 2010
Cabeza de conejo
Un hombre con cabeza de conejo atraviesa una explanada concurrida. Se mueve entre la gente, pasa casi inadvertido. Llega a un pequeño lugar cerca de la entrada del metro, es medio día, hace calor. Lleva un bote en la mano, elige un lugar y voltea el bote para sentarse. Se sienta y sostiene, en las manos un letrero, (Si me muero hoy) sobre el bote otro (A nadie le importa). El hombre con cabeza de conejo espera, no dice nada, no se mueve. La gente camina y pasa a su alrededor, algunos lo miran con morbo, otros ni se dan cuenta. Una señora se acerca para dejar una moneda, el conejo niega con la cabeza, la señora no sabe que hacer y prefiere marcharse. Pasan las horas y el conejo sigue sentado: "Si me muero hoy" "A nadie le importa", no es el primero en decirlo ni será el último, no por eso deja de ser verdad.
El día oscurece. De la entrada cercana del metro sale corriendo un pequeño grupo de hombres y mujeres armados, vestidos de negro y con la cabeza cubierta. Se dirigen al conejo y comienzan a golpearlo mientras lo insultan. El conejo cae del bote sobre el que estuvo sentado casi toda la tarde y muere antes de que termine el día. Una vez que el grupo ha terminado con el conejo, forman un círculo alrededor y se sientan en el suelo mirando hacia afuera, se descubren la cabeza y sueltan las armas. Estos hombres y mujeres también traen letreros, todos iguales (¿Lo ves?), prenden veladoras para que puedan leerse en la oscuridad. Prenden también veladoras cerca de los letreros del conejo que está tirado en medio, no se puede ver la sangre, pero es innegable que está muerto. La gente camina y pasa a su alrededor, algunos los miran con morbo, otros ni se dan cuenta, nadie sabe que hacer. "Si me muero hoy" "A nadie le importa" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?" "¿Lo ves?"
lunes, 29 de noviembre de 2010
Son automáticas
Había una vez un hombre que vivía en la Ciudad de México. Diario usaba el metro, se subía en Indios Verdes. Cuando el metro llegaba a la estación el hombre acostumbraba abrir las puertas del metro con brusquedad (a pesar de ser automáticas) y se subía con toda tranquilidad para ganar asiento. Como no era el único que lo hacía, no le incomodaba y no perdía la oportunidad de abrir las puertas del metro de manera brusca pero segura (a pesar de ser automáticas) con sus fuertes brazos.
Un día, el hombre tuvo un hijo. Era un niño hermoso y el padre estaba muy orgulloso. Ahora el hombre viajaba en metro con su hermoso niño en brazos, aún así, sus fuertes brazos le permitían cargar al bebé con un brazo y abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con el otro. Su vida transcurría normalmente.
Otro día, el hombre llegó a Indios Verdes con su hijo en brazos y como de costumbre, cuando el metro llegó a la estación, trato de abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con un brazo, pero atascadas, las puertas no cedían, descompuestas por las muchas veces que habían sido abiertas con brusquedad (a pesar de ser automáticas). Como el hombre era fuerte y perseverante, insistió en abrir las puertas. Estas cedieron, pero sólo un poco, el hombre entonces, generosamente para que entraran todos, se colocó en medio de las puertas para abrirlas por completo con un solo brazo. Las puertas (que eran automáticas), se cerraron con fuerza cercenando la cabeza del hermoso bebé. El hombre dentro del vagón con el cuerpo de su bebé en brazos gritó de dolor. Las puertas (que eran automáticas), estaban cerradas y manchadas de sangre. La gente en el andén horrorizada con la cabeza del bebé, lloraba y pedía auxilio. ¿Por qué?, gritaba el padre. ¡Por wey!, le contestó un hombre de aspecto miserable que se encontraba dentro del vagón. Los espíritus del metro se han vengado, pues las puertas que abres con tan burda obstinación, son automáticas y no necesitan de tu ayuda.
Moraleja: No abras las puertas del metro con brusquedad, son automáticas.
Un día, el hombre tuvo un hijo. Era un niño hermoso y el padre estaba muy orgulloso. Ahora el hombre viajaba en metro con su hermoso niño en brazos, aún así, sus fuertes brazos le permitían cargar al bebé con un brazo y abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con el otro. Su vida transcurría normalmente.
Otro día, el hombre llegó a Indios Verdes con su hijo en brazos y como de costumbre, cuando el metro llegó a la estación, trato de abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con un brazo, pero atascadas, las puertas no cedían, descompuestas por las muchas veces que habían sido abiertas con brusquedad (a pesar de ser automáticas). Como el hombre era fuerte y perseverante, insistió en abrir las puertas. Estas cedieron, pero sólo un poco, el hombre entonces, generosamente para que entraran todos, se colocó en medio de las puertas para abrirlas por completo con un solo brazo. Las puertas (que eran automáticas), se cerraron con fuerza cercenando la cabeza del hermoso bebé. El hombre dentro del vagón con el cuerpo de su bebé en brazos gritó de dolor. Las puertas (que eran automáticas), estaban cerradas y manchadas de sangre. La gente en el andén horrorizada con la cabeza del bebé, lloraba y pedía auxilio. ¿Por qué?, gritaba el padre. ¡Por wey!, le contestó un hombre de aspecto miserable que se encontraba dentro del vagón. Los espíritus del metro se han vengado, pues las puertas que abres con tan burda obstinación, son automáticas y no necesitan de tu ayuda.
Moraleja: No abras las puertas del metro con brusquedad, son automáticas.
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| Foto de Oscararzola |
lunes, 15 de noviembre de 2010
¿Hay alguién ahí?
Es como flotar, cerrar los ojos y dejarse llevar. Otra vez la brisa fresca sobre mi rostro. Las luces, los sonidos de violencia, el humo... Salimos del edificio entre nubes de humo negro, mi pierna duele y sangra y él me lleva en sus brazos. Explosiones por doquier, el edificio se derrumba, la gente grita.
Me pone a salvo en un callejón. Hay disparos, la gente corre, se empuja, huye, se esconde. Me dice que todo estará bien y me abraza, mi pierna sigue sangrando. Yo confío en él, todo estará bien.
Lo soldados pasan corriendo cerca del callejón, tenemos suerte y no se fijan en nosotros. Más explosiones, parece que todo se derrumba, las ratas se arremolinan en el bote de basura que está cerca de nosotros. El bote se cae, esta vez no tenemos tanta suerte, un soldado se fija y entra en le callejón. La gente grita, hay humo por todas partes. Nos mira, su ceño se frunce, grita y nos amenaza con su arma. Él trata de defenderme, el soldado lo golpea en la boca con el mango de su rifle y sigue gritando. De mis ojos brotan lágrimas, la brisa fresca sobre mi rostro. Explosiones, la basura esparcida por el callejón. Él se levanta y trata de pelear con el soldado, el soldado cae, se resbala con la basura. Sonidos de ratas, explosiones, humo negro, la brisa fresca sobre mi rostro. Él patea el soldado en el estómago y le quita el rifle.
Sin más tomó el arma y como por arte de magia su mano dejó de temblar, ya no había miedo en sus ojos, sólo dolor. Un disparo, sólo un disparo más, nadie se da cuenta. Me toma en sus brazos y salimos corriendo. Una vida más ¿sólo una más? En sus brazos, es como flotar, cerrar los ojos y dejarse llevar.
Me pone a salvo en un callejón. Hay disparos, la gente corre, se empuja, huye, se esconde. Me dice que todo estará bien y me abraza, mi pierna sigue sangrando. Yo confío en él, todo estará bien.
Lo soldados pasan corriendo cerca del callejón, tenemos suerte y no se fijan en nosotros. Más explosiones, parece que todo se derrumba, las ratas se arremolinan en el bote de basura que está cerca de nosotros. El bote se cae, esta vez no tenemos tanta suerte, un soldado se fija y entra en le callejón. La gente grita, hay humo por todas partes. Nos mira, su ceño se frunce, grita y nos amenaza con su arma. Él trata de defenderme, el soldado lo golpea en la boca con el mango de su rifle y sigue gritando. De mis ojos brotan lágrimas, la brisa fresca sobre mi rostro. Explosiones, la basura esparcida por el callejón. Él se levanta y trata de pelear con el soldado, el soldado cae, se resbala con la basura. Sonidos de ratas, explosiones, humo negro, la brisa fresca sobre mi rostro. Él patea el soldado en el estómago y le quita el rifle.
Sin más tomó el arma y como por arte de magia su mano dejó de temblar, ya no había miedo en sus ojos, sólo dolor. Un disparo, sólo un disparo más, nadie se da cuenta. Me toma en sus brazos y salimos corriendo. Una vida más ¿sólo una más? En sus brazos, es como flotar, cerrar los ojos y dejarse llevar.
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