El muchacho espera. Dos minutos después, salidos de la nada, dos hombres aparecen frente a él. Dos días antes de este día, hubo un accidente de trenes en alguna ciudad del mundo.
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viernes, 8 de abril de 2011
Incandescente I
El muchacho se levanta y corre hacia la puerta que divide los dos vagones. El hombre calvo se levanta y saca un arma, apunta hacia el muchacho. A un mismo tiempo el hombre calvo dispara y el muchacho salta contra la puerta. El muchacho se vuelve transparente como un fantasma; atraviesa la puerta y llega al otro vagón, la bala no lo toca, pasa de largo sin herirlo. El muchacho voltea a ver al hombre calvo y sonríe, hace una seña obscena y sigue corriendo. El muchacho atraviesa esta vez uno de los respiraderos del metro y sale al túnel; el metro se aleja.
El muchacho espera. Dos minutos después, salidos de la nada, dos hombres aparecen frente a él. Dos días antes de este día, hubo un accidente de trenes en alguna ciudad del mundo.
El muchacho espera. Dos minutos después, salidos de la nada, dos hombres aparecen frente a él. Dos días antes de este día, hubo un accidente de trenes en alguna ciudad del mundo.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Incandescente (Obertura)
Un hombre muy bien vestido baja las escaleras del subterráneo. Camina con seguridad, en una mano lleva un portafolios negro y en la otra un vaso de café caliente. Camina hacia los torniquetes, justo antes de llegar una de las bolsas de su pantalón se rompe y una moneda se cuela por el orificio, cae y rueda por el suelo. Un muchacho que venía caminando detrás toma la moneda y la coloca en el estuche de guitarra de un viejo recargado en la pared que toca Blackbird de The Beatles. El muchacho cruza los torniquetes y sigue caminando hasta el andén que está casi vacío. Espera. El metro entra en el andén haciendo mucho ruido, se detiene y se abren las puertas. El muchacho entra y se sienta. Se pone los audífonos, el sonido de la gente es remplazado por What a waster de The Libertines, levanta la mirada. Un hombre calvo está sentado frente a él, el hombre calvo levanta la cabeza, lo mira y sonríe. Silencio.
lunes, 14 de febrero de 2011
Luces rojas y azules
Hoy hace frío, no más ni menos que otros días. Nada parece extra especial. Como una paleta distraídamente tratando de pensar en lo que haré cuando llegue a casa. El palito de la paleta brilla en una luz azul fosforescente. Hay poca gente y alcanzo lugar en el metro. Hoy parece ser un buen día, es decir, nada especial, sólo un buen día.
Nos movemos entre los túneles. Hago berrinches cada que el metro se detiene, aún cuando sólo sea por unos momentos; nunca parece haber una razón lo suficientemente buena como para que el metro se detenga entre los túneles.
Hoy en la mañana tuve tiempo de hojear los periódicos; descabezados y muertos ocupaban la primera plana. Accidentes, incidentes, delincuencia. No sé si debería sorprenderme, a veces no sé.
Llegamos a la estación que termina en Z. Al salir voy distraído, a penas echo un vistazo a las personas que van a mi alrededor; a veces me pregunto porque nadie corresponde mis miradas. La luz roja del metro se desvanece a lo lejos. Luces rojas y azules que acompañan mi camino.
El palito azul de mi paleta juega con mis dedos de camino a la salida. Miro el suelo mientras camino, no porque no valga la pena levantar la mirada, sino porque algo en el andén que acabo de dejar abajo llama mi atención; un zapato negro, y a su lado un cuerpo sin vida cubierto con un plástico que refleja una triste luz azul hacía la noche no más fría que otras noches.
Los muertos saltan del papel de periódicos que no leo y se cruzan en mi camino. Hay policías y yo sigo caminando. A la salida del metro escucho voces, "fue un asalto" "todavía no han quitado el cuerpo", el cuerpo del crimen.
Las luces rojas y azules de patrullas pasan frente a mis ojos. A veces me pregunto si lo que escribo se parece más a la ficción o a la vida real. A veces me pregunto porque esto no se queda en la ficción, en el papel, o entre los escritos de un blog. A veces me pregunto. Y mientras me pregunto, pasan frente a mí luces rojas y azules.
Nos movemos entre los túneles. Hago berrinches cada que el metro se detiene, aún cuando sólo sea por unos momentos; nunca parece haber una razón lo suficientemente buena como para que el metro se detenga entre los túneles.
Hoy en la mañana tuve tiempo de hojear los periódicos; descabezados y muertos ocupaban la primera plana. Accidentes, incidentes, delincuencia. No sé si debería sorprenderme, a veces no sé.
Llegamos a la estación que termina en Z. Al salir voy distraído, a penas echo un vistazo a las personas que van a mi alrededor; a veces me pregunto porque nadie corresponde mis miradas. La luz roja del metro se desvanece a lo lejos. Luces rojas y azules que acompañan mi camino.
El palito azul de mi paleta juega con mis dedos de camino a la salida. Miro el suelo mientras camino, no porque no valga la pena levantar la mirada, sino porque algo en el andén que acabo de dejar abajo llama mi atención; un zapato negro, y a su lado un cuerpo sin vida cubierto con un plástico que refleja una triste luz azul hacía la noche no más fría que otras noches.
Los muertos saltan del papel de periódicos que no leo y se cruzan en mi camino. Hay policías y yo sigo caminando. A la salida del metro escucho voces, "fue un asalto" "todavía no han quitado el cuerpo", el cuerpo del crimen.
Las luces rojas y azules de patrullas pasan frente a mis ojos. A veces me pregunto si lo que escribo se parece más a la ficción o a la vida real. A veces me pregunto porque esto no se queda en la ficción, en el papel, o entre los escritos de un blog. A veces me pregunto. Y mientras me pregunto, pasan frente a mí luces rojas y azules.
jueves, 20 de enero de 2011
Ella y él. Ellos.
Sentada frente a él está ella; es hermosa, piensa él. Todos ocupados en sus asuntos, nadie mira. Ella viene con audífonos, pero después de algunos intentos él logra mirarla fijo a los ojos, o al menos lo que la gente llama ahora mirarse a los ojos.
Ella no busca el amor; él no puede evitar coquetear. Se miran varias veces, discretos, de reojo, separados por el muro del anonimato.
Ella saca un lápiz labial y pinta sus labios; él no sabe que pensar. Él toma un trago de su café y la mira; ella trata de disimular.
En la siguiente estación, los dos lugares contiguos a ella se desocupan. Él duda en sentarse a su lado, ella hace como que no lo mira. Él espera, prefiere darse tiempo, ser discreto.
En la siguiente estación él trata de dar el paso, pero la gente entra por las puertas a chorros y con ellos, esa sensación incómoda de multitud. Vuelven a ser discretos; ella busca en su bolso, él saca su teléfono para revisar un mensaje que no le acaba de llegar. La gente se mueve, indiferente ante su intimidad.
Él se acerca, se quita la máscara y dice, Hola. Ella no se quita la máscara, pero sonríe, y se descubre los ojos con curiosidad.
Ellos se mueven, ellos se ríen.
Ellos, se miran.
Ella no busca el amor; él no puede evitar coquetear. Se miran varias veces, discretos, de reojo, separados por el muro del anonimato.
Ella saca un lápiz labial y pinta sus labios; él no sabe que pensar. Él toma un trago de su café y la mira; ella trata de disimular.
En la siguiente estación, los dos lugares contiguos a ella se desocupan. Él duda en sentarse a su lado, ella hace como que no lo mira. Él espera, prefiere darse tiempo, ser discreto.
En la siguiente estación él trata de dar el paso, pero la gente entra por las puertas a chorros y con ellos, esa sensación incómoda de multitud. Vuelven a ser discretos; ella busca en su bolso, él saca su teléfono para revisar un mensaje que no le acaba de llegar. La gente se mueve, indiferente ante su intimidad.
Él se acerca, se quita la máscara y dice, Hola. Ella no se quita la máscara, pero sonríe, y se descubre los ojos con curiosidad.
Ellos se mueven, ellos se ríen.
Ellos, se miran.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Hoy lo decidí
La gente toma decisiones todos los días. Yo lo hago todo el tiempo y te aseguro que tú también. Hoy, por ejemplo, estuve apunto de dar el paso, respiré profundamente y estaba dispuesta a hacerlo, llevaba toda la semana pensando en eso y esta mañana estuve a punto de dar el paso, un paso importante. Pero no, recordé que mi madre necesita que le compre sus medicinas, así que me quedé detrás de la línea amarilla, el metro pasó haciendo un fuerte ruido y mi cabello comenzó a bailar con el viento, hoy no me aventé a las vías del metro; una buena decisión.
Dicen que a veces uno debe dar un paso atrás, ceder un poco. Honestamente, yo no quería, no quería dar un paso atrás. "Es cuestión de ceder un poco", dijo una vocecilla en mi cabeza, "Vete a la mierda", dijo otra más fuerte. Es lindo levantar la cabeza y dar sólo pasos hacia adelante, no es soberbia ni nada, sólo es cuestión de querer. Hoy mientras subía la escalera del puente estuve a punto de dejarme llevar por el peso de la mochila, dar un paso hacia atrás y ceder un poco. Pero no, preferí seguir adelante. Llegué al final de la escalera y me encontré con Lucía, Hola Alfredo, me dijo y me dio un beso en la mejilla. Cruzamos juntos el puente. Hoy no cedí, no di un paso atrás y no me tiré por las escaleras.
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| Dibujos de Da Vinci |
lunes, 29 de noviembre de 2010
Son automáticas
Había una vez un hombre que vivía en la Ciudad de México. Diario usaba el metro, se subía en Indios Verdes. Cuando el metro llegaba a la estación el hombre acostumbraba abrir las puertas del metro con brusquedad (a pesar de ser automáticas) y se subía con toda tranquilidad para ganar asiento. Como no era el único que lo hacía, no le incomodaba y no perdía la oportunidad de abrir las puertas del metro de manera brusca pero segura (a pesar de ser automáticas) con sus fuertes brazos.
Un día, el hombre tuvo un hijo. Era un niño hermoso y el padre estaba muy orgulloso. Ahora el hombre viajaba en metro con su hermoso niño en brazos, aún así, sus fuertes brazos le permitían cargar al bebé con un brazo y abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con el otro. Su vida transcurría normalmente.
Otro día, el hombre llegó a Indios Verdes con su hijo en brazos y como de costumbre, cuando el metro llegó a la estación, trato de abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con un brazo, pero atascadas, las puertas no cedían, descompuestas por las muchas veces que habían sido abiertas con brusquedad (a pesar de ser automáticas). Como el hombre era fuerte y perseverante, insistió en abrir las puertas. Estas cedieron, pero sólo un poco, el hombre entonces, generosamente para que entraran todos, se colocó en medio de las puertas para abrirlas por completo con un solo brazo. Las puertas (que eran automáticas), se cerraron con fuerza cercenando la cabeza del hermoso bebé. El hombre dentro del vagón con el cuerpo de su bebé en brazos gritó de dolor. Las puertas (que eran automáticas), estaban cerradas y manchadas de sangre. La gente en el andén horrorizada con la cabeza del bebé, lloraba y pedía auxilio. ¿Por qué?, gritaba el padre. ¡Por wey!, le contestó un hombre de aspecto miserable que se encontraba dentro del vagón. Los espíritus del metro se han vengado, pues las puertas que abres con tan burda obstinación, son automáticas y no necesitan de tu ayuda.
Moraleja: No abras las puertas del metro con brusquedad, son automáticas.
Un día, el hombre tuvo un hijo. Era un niño hermoso y el padre estaba muy orgulloso. Ahora el hombre viajaba en metro con su hermoso niño en brazos, aún así, sus fuertes brazos le permitían cargar al bebé con un brazo y abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con el otro. Su vida transcurría normalmente.
Otro día, el hombre llegó a Indios Verdes con su hijo en brazos y como de costumbre, cuando el metro llegó a la estación, trato de abrir las puertas (a pesar de ser automáticas) con un brazo, pero atascadas, las puertas no cedían, descompuestas por las muchas veces que habían sido abiertas con brusquedad (a pesar de ser automáticas). Como el hombre era fuerte y perseverante, insistió en abrir las puertas. Estas cedieron, pero sólo un poco, el hombre entonces, generosamente para que entraran todos, se colocó en medio de las puertas para abrirlas por completo con un solo brazo. Las puertas (que eran automáticas), se cerraron con fuerza cercenando la cabeza del hermoso bebé. El hombre dentro del vagón con el cuerpo de su bebé en brazos gritó de dolor. Las puertas (que eran automáticas), estaban cerradas y manchadas de sangre. La gente en el andén horrorizada con la cabeza del bebé, lloraba y pedía auxilio. ¿Por qué?, gritaba el padre. ¡Por wey!, le contestó un hombre de aspecto miserable que se encontraba dentro del vagón. Los espíritus del metro se han vengado, pues las puertas que abres con tan burda obstinación, son automáticas y no necesitan de tu ayuda.
Moraleja: No abras las puertas del metro con brusquedad, son automáticas.
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| Foto de Oscararzola |
viernes, 12 de noviembre de 2010
El metro, cosa de todos los días. (3)
Hay un señor tirado en el andén, se ve medio borracho. Una señora habla con la pared, discute. Además de ellos dos, y yo por supuesto, el andén está vacío.
La señora se me queda viendo y yo, impaciente, ruego porque llegue el metro. Un sonido, un eructo del señor; otro sonido, los pasos de la señora, otro sonido, por fin, el metro.
La puerta queda justito enfrente de mí, y cuando se abre, me subo como rayo. Una chica se baja con el teléfono en la mano, afortunadamente no baja sola. Se cierran las puertas, y aliviado agradezco que no se haya subido la señora. Sustos en el metro, ya van siendo cosa de todos los días. La gente se me queda viendo porque todavía estoy un poquito agitado por el susto que me metieron la señora y el borracho. Sonrío y ahogo como que no pasa nada, ya no pasa nada. Nada, nada de nada; el metro se quedó parado. Respiro, no pasa nada, el metro ya sigue avanzando. En Zapata se sube un señor muy bien arreglado, con gorrita y bastón; me gusta su atuendo.
Me subo al metro y una señorita se tropieza con mi bastón y se me queda viendo con cara de "viejo menso", no fue mi culpa. Me quedo cerca de la puerta, un muchacho se me queda viendo, le sonrío, él sonríe también. Miro mi reloj y noto que voy quince minutos temprano, el tiempo suficiente para irme por un cafecito a Coyoacán. Una señora se para a lado de mí en la puerta, parece de mi edad, y obviamente baja a la otra, es muy bonita. La miro y ella sonríe también, le extiendo el brazo para ayudarla a bajar, ella se agarra fuerte. Sonrisas y café; cosas que deberían ser de todos los días
COYOACÁN
En Coyoacán se sube mucha gente, ya decía yo que era muy raro que viniera tan vacío, si esto no es cosa de todos los días. Unos viejitos apenas alcanzan a bajar entre el mar de gente que sube. Tengo cuidado para que la gente no aplaste los mapas y planos que tengo en la mano, me pasé toda la noche terminándolos. Un tipo de traje acerca peligrosamente su café a mis planos, intento moverme entre la gente pero mi mochila está atorada, ¡Diablos! Ni hablar, el metro es lo más rápido para llegar a la escuela. Aguanto los apretujones, ya casi llegamos a la siguiente. Llegamos y ¡Oh sorpresa!, nadie baja, ni sube.
¡Ay, no! Nadie más baja, se cierran las puertas y yo sigo arriba, si de por sí iba tarde, y ahora me tengo que bajar hasta Quevedo. ¡Santas azucenas! Mi libro se me resbala de los dedos y cae al piso, un joven se apresura a recogerlo y lo salva de ser pisoteado. Gracias, me lo acomodo en la mano, ¿Bajas a la que sigue?, sí, me contesta con una sonrisa, es guapo. Agarro mi bolsa, mi libro, y me dispongo a salir con mi nuevo acompañante; el día mejora. Masas de gente, cosa de todos los días; encuentros como estos, no.
M. ANGEL DE QUEVEDOBajan, suben, bla bla bla, ya quiero llegar a Copilco. Una chica con un libro de quien sabe quien, me pisa al bajar. Auch. Que hueva ir aquí parado con este calor de... ya quiero llegar. Avanzamos y a medio túnel ¡Se para! ¡Me lleva!, y justo una antes. Siempre se para en Quevedo, y para acabarla se apagan las luces. El sonido del "Ash" general, llena el vagón.
Uno, dos, tres, cuatro, ya cinco minutos aquí parado con las luces pagadas. Se prenden las lucecitas de los celulares, algunos siguen leyendo, otros revisan sus mensajes. Ya quiero llegar. Suena mi teléfono, un mensaje, "Wey, ya estás cerca?" ¡Ah! ¿por qué hoy?
Cuando todo parece perdido las luces se prenden, el metro sigue su curso. Al parecer sólo se detuvo para hacerme llegar quince minutos tarde. Tarde como siempre, cosa de todos los días. Ash, pinche metro.
Cuando todo parece perdido las luces se prenden, el metro sigue su curso. Al parecer sólo se detuvo para hacerme llegar quince minutos tarde. Tarde como siempre, cosa de todos los días. Ash, pinche metro.
COPILCOSe abren las puertas y un chico sale disparado. Muchas personas bajan, casi nadie sube. Después de un viaje en el metro ya estoy cansado y apenas comienza el día. Me preparo para bajar. El metro sale del túnel. El sol de la mañana brilla. Otro día en la facultad, qué bonito, cosa de todos los días. Por fin llego. Universidad.
UNIVERSIDAD
Es temprano. Subo las escaleras mientras busco el boleto del metro en mi bolso; lo saco junto con mi espejo para revisar mi maquillaje y mi peinado, perfectos. Entro en el metro, estoy lista para comenzar la jornada. Todos me peguntan que por qué trabajo tan lejos; a mi ya no se me hace tan lejos, cosa de toso los días, creo. El metro va llegando y la puerta queda justo enfrente de mí. Si agarro uigar me puedo ir leyendo hasta Indios Verdes. Subo y paso enfrente de un joven bien parecido que va bajando. Sonrío, buen inicio del día.
El metro, cosa de todos los días. (1)
El metro, cosa de todos los días. (2)
domingo, 24 de octubre de 2010
El metro, cosa de todos los días. (2)
Juárez. Nadie baja. Una señora se me queda mirando, ¿Qué pinche problema tiene conmigo? La miro y se voltea, pendeja. Me llevo el papel a la nariz, aspiro. Todos se me quedan viendo, ¿Qué pinche problema? Siempre juzgando, pendejos. Definitivo me bajo a la que sigue. Las miradas indiscretas de todos, pendejos. Cosa de todos los días.
Por fin se baja el tipo drogadicto. Al menos en Balderas sube gente más decente. Entre ellos un chico de esos "modernos", maricón pues. Todo arregladito que viene. Bueno, al menos él sí se arregla. No como mi hija toda fachosa. Si ya le dije, "Si no te arreglas vas a ser una quedada", pero nada que me hace caso. Si ya le dije, "Cada día quedan menos hombres"; si todos salen así "raritos". Y ella nada que me hace caso. A parte se ve que este chico tiene dinero, todo arregladito que viene. Mi comadre dice que es muy nuevo eso de la "homosexualidad" y que es muy raro; pero no, yo ya me acostumbré a verlos en el metro, "Si es cosa de todos los días", le dije. Por ejemplo, un día....
NIÑOS HÉROES
Apenas me subí una señora se me quedó viendo. ¿Qué, uno no puede tener un día malo? Sí, hoy me peleé con mi papá; y sí, venía llorando en el camión. Pero ¿Qué me ve? Y no sólo la señora, otra chava se me queda viendo. Sí ¿Qué?, lloré hace rato. La intimidad no existe aquí. Gente chismosa. Cosa de todos los días. Como sea, bajo a la que sigue.
Creo que el chavo que se acaba de bajar lloró hace rato. Pero bueno, no importa. Me volteo disimuladamente y quedo enfrente del chavo más guapo que he visto. Lleva la camisa ajustada, y con este calorcito... ruego porque no baje a la que sigue. Llegamos a Centro Médico. Las puertas se abren. El chavo se mueve para dejar bajar y quedamos pegaditos, yo me sonrío. ¡Que suerte, no se baja! Ojalá que se quede parado el metro para que quedemos pegaditos. Qué lástima; las puertas se cierran y seguimos avanzando. Ver chicos así de guapos no es cosa de todos los días.
CENTRO MÉDICO
En Centro Médico me hago a un lado para dejar pasar. El vagón queda bastante vacío, aún así la chica que viene enfrente de mí se me queda pegada y me ve raro. Disimulo y doy un paso hacia atrás. Una señora se sube como con mil bolsas y empieza a cantar. Las puertas se cierran. Nunca me había tocado alguien cantando tan temprano. Sólo un joven vestido de blanco le da unas monedas, parece doctor. La chica de enfrente se me sigue pegando; me incomoda. Del pantalón saco una moneda, cruzo el vagón y alcanzo a la señora. "Gracias joven", me dice. Cosas raras en el metro, cosa de todos los días.
Un chavo pasa corriendo por el vagón y alcanza a al señora para darle una moneda. Que curioso. Tomo mi maletín y me pongo a pensar en las consultas del día de hoy. Un señor se viene durmiendo a mi lado y se me empieza a recargar en el hombro. Bajo a la que sigue, así que tal vez tenga que despertarlo sutilmente. Doy un fuerte tosido, todos se me quedan viendo raro, pero funciona, el señor se despierta. Me levanto y me dispongo a salir, falta poco para la siguiente estación. El señor que venía a mi lado ya está dormido otra vez, ahora se apoya contra la ventana. Gente dormida en el metro, cosa de todos los días. Llegamos, me bajo y paso enfrente de una chica de rastas que va subiendo.
Me subo y paso enfrente de un doctor que se ve medio guapo. Qué bien, hay un lugar libre. El Sr. de a lado se viene durmiendo; bueno, casi todos los que vienen sentados se vienen durmiendo, hasta algunos de los que viene recargados en los tubos. Suena mi teléfono y contesto rápido, pero entramos en el túnel y se corta. Era mi mamá. Bueno, no importa, cuando llegue a la Fac le hablo. El metro se queda parado a medio túnel, y ahora que recuerdo, debería estar leyendo. Saco un libro de mi bolsa y me pongo a leer la Poética de Aristóteles. Un señor viene leyendo el periódico; en la portada hay una mujer casi desnuda y un descabezado. ¡Grotesco! Desgraciadamente es cosa de todos los días. Trato de concentrarme en mi lectura, pero todavía tengo un poco de sueño, y la llamada de mi mamá me preocupa. No me aguanto, me bajo en la que sigue para marcarle.
El metro, cosa de todos los días. (1)
El metro, cosa de todos los días. (3)
El metro, cosa de todos los días. (1)
El metro, cosa de todos los días. (3)
miércoles, 13 de octubre de 2010
El metro, cosa de todos los días.
INDIOS VERDES
La mañana es muy fría cuando bajo del camión. Me muevo entre la gente. "Hoy no me pasa, ayer le puse dinero a mi tarjeta", me digo a mi misma. Cuando paso el torniquete y me dispongo a ir a la sección de mujeres la veo. Allí está. La mujer más odiosa, y si me ve seguro que tendré que saludarla; después de todo, es mi jefa. ¡Con la pena! Me desvió y me voy del lado de los hombres.
Con trabajo entro a empujones. Es temprano y en el metro ya hace mucho calor. El metro avanza y yo voy medio pegada a la puerta. No me preocupa; cosa de todos los días. Agarro mi bolso verde con fuerza, ya vamos a llegar a la siguiente estación.
DEPORTIVO 18 DE MARZO
Entre la multitud, espero. El metro se aproxima; tengo suerte y me toca la puerta enfrente. Cuando se abre, no entro, me meten. Choco con una señorita de bolso verde que iba cerca de la puerta, ¡Qué pena!. Milagrosamente cruzo y me estampo contra la otra puerta. No me explico cómo crucé toda la multitud. Ya que estamos todos adentro, las puertas se cierran.
Antes de llegar a la siguiente estación, a una señora se le tambalea su jugo y salpica sin querer al muchacho que venía dormido enfrente de ella, ¡Ja!, cosa de todos los días.
Me despierto de repente. Una señora me salpicó un poco de jugo en la cabeza. No me preocupa; cosa de todos los días. Miro por la ventanilla y veo que apenas vamos en potrero. Mucha gente sube y casi nadie baja. La puerta se cierra y también mis ojos. El metro avanza. Poco a poco me vuelvo a quedar otra vez dormido, lo último que alcanzo a escuchar es el "Ricas paletitas de cajeta coronado, de novedad..."
Ya llegamos a La Raza y todavía no he vendido ni una paleta. Si ya me decía la Chole que en la mañana casi no se vende. Hay harta gente y no me puedo bajar, ni modo, a la que sigue; no hay bronca, cosa de todos los días. El metro avanza. Pus ni pex, a seguirle.
—¡Ricas paletitas de cajeta coronado, de novedad!.
Entro corriendo a la estación y bajo las escaleras. El metro ya llegó. Una vendedora de paletas detiene la puerta y alcanzo a entrar; ¡Mi día de suerte!. Tal vez hoy no llegue tarde. La vendedora se cambia de vagón y no le alcanzo a dar las gracias; no creo que se moleste, cosa de todos los días.
¡Ay no!, la que sigue es Guerrero y de seguro que me tocan empujones. Pido permiso y me quito de la puerta. Me pongo en el pasillo a lado de una enfermera gordita. Me agarro del tubo y espero; ya merito llegamos.
Un tipo naco empuja y se pone a lado de mí antes de que lleguemos a Guerrero.
Es lo que me choca del metro, por eso siempre me paso al pasillo.
Las puertas se abren. Mucha gente sale, mucha gente entra; el calor aumenta.
No avanza. ¡Ash!, ya es cosa de todos los días. ¡Lo que una tiene que aguantar para llegar al trabajo!. Me echo aire con mi revista; inútil, el calor es agobiante.
Para acabarla, un gordito de lentes trae sus audífonos a todo lo que da.
Para acabarla, un gordito de lentes trae sus audífonos a todo lo que da.
Las puertas se cierran. Ruego por que no se siga parando.
Definitivamente esto de traerme los audífonos hace más corto el camino. Hace calor, pero no importa; vengo en mi mundo. Llegamos a Hidalgo y el metro se vuelve a quedar parado. Un motón de gente baja y otro sube. Se acaba la canción; un segundo de silencio. Me llega un olor; un tipo se viene drogando a lado y los audífonos no tapan el olor.
Empieza la siguiente canción, es prendida. Se cierran las puertas y avanzamos.
Empieza la siguiente canción, es prendida. Se cierran las puertas y avanzamos.
Me maravilla lo cerca que están Hidalgo y Juarez, un abrir y cerrar de ojos y ya llegamos. El olor perdura, ¡Que asco!, pero bueno, cosa de todos los días.
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