viernes, 5 de diciembre de 2025

Errante


Una muchacha camina con un vaso de café en la mano. Dice mi nombre: Horacio. Levanto la mano, pero no me ve. “Aquí”, digo. Nada. Las personas tienen una habilidad increíble para ignorar mi presencia. Usted es de esos que no llaman la atenciónme dijo una vez una maestra, ni porque está tan grandote (mido lo mismo desde que tenía doce), es algo así como una “montaña invisible”, concluyó. Cuando estás en secundaria, un apodo así te persigue de por vida. Pero a mí no, nunca nadie me dijo así y muchas personas ni siquiera me volteaban a verEn efecto, soy una montaña invisible.

Desperté con un zumbido que me ha acompañado todo el día. Inconscientemente me llevo la mano a la oreja mientras lleno formularios en la computadora. Miro el reloj cada cinco minutos pero todavía falta buen rato para salir. En mi escritorio hay una veladora, tres calaveritas de chocolate, un pan de muerto con ajonjolí y un ramo de tapayolas (aquí le dicen cempasúchil); me falta el papel picado. No traje bolsa porque se supone que este año no iba a poner ofrenda, pero al final me ganó el remordimiento y fui comprando todo de a poquito, ayudándome de las bolsas de mi chamarra para no tirar nada en el camino. Antes me gustaba esta fecha... bueno, en realidad era a mi abuelito Horacio al que le hacía ilusión (sí, nos llamamos igual.) Le gustaba poner la ofrenda porque decía que era una manera de mantener presente el recuerdo de mis papás. Casi no los conocí, murieron cuando yo era muy chiquillo. Hace un año murió mi abuelito. Mandé enmarcar una foto suya para ponerla este año, pero de momento sigue guardada en el cajón. Quedó muy bonita. El zumbido en mi oído persiste como un taladro. 

Es de noche, en la televisión pasan una ópera... Wagner... El Holandés errante. A mi abuelito le gustaba esa música. Yo no entiendo mucho, pero se me quedó la costumbre. Me siento en el sillón donde tantas veces vimos al Holandés ascender al cielo y recuerdo la voz de Horacio diciendo: Hay que ser alguien en esta vida. Nunca supe bien qué significaba eso de “ser alguien”. Usted es de esos que no llaman la atención, me dice la maestra. Camino con las manos en los bolsillos sintiéndome más invisible que nunca pienso en mi abuelitoLa ópera termina con aplausos, flores volando al escenario y un telón carmesí que cae lento. Creo que cuando yo me muera, nadie se va a acordar de mí. 

El reloj marca las tres cincuenta. Hoy salimos temprano. Agarro las cosas de mi escritorio, me pongo los audífonos y le pico en aleatorio, suena una ópera... Wagner.  Camino errante, meto el pan en una bolsa de la chamarra intentando que no se desmorone, en la otra bolsa llevo la veladora, con una mano agarro el ramo de tapayolas y sostengo con cuidado las tres calaveritas en la otra mano para que no se derritan. Voy cerca. Del Colegio de la Santa Cruz a la Plaza de los Ángeles. Nos vinimos a Tlatelolco después de la muerte de mis papás. Llego al cruce de Eje Central y Flores Magón. La luz del sol me golpea los ojos. Espero el cambio del semáforo para cruzarEl zumbido de mi oído es ahora la voz de un cantante de óperque se arroja al mar. Atravieso el Eje. medio camino una moto me atraviesa a mí. El zumbido es ahora una llanta que destroza el asfalto. Caigo al pavimento, alcanzo a ver el papel de colores que cuelga en la panadería de enfrente. La veladora sale rodando hasta llegar a los pies de mi abuelito. No entiendo muy bien qué pasa. Hay gritos. Me pierdo en el río carmesí que escurre de mi frente. Cae el telón pero nadie aplaudeDoy un último suspiro cuando siento todas las miradas sobre mí. 




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