No me gustan los finales, me ponen triste. Mi papá dice que son necesarios para poder comenzar algo nuevo. Pero nuevo no siempre es mejor.
Cuando era niño me gustaba escaparme para ir a nadar a la laguna. Echaba carrera y me sumergía hasta casi tocar el fondo. Siempre he nadado muy bien y me pasaba las tardes chapoteando con las ranas hasta que llamaban a comer. A veces me acompañaba mi primo Matías, pero cuando cumplí ocho y él iba a llegar a los quince, ya no lo dejaron ir conmigo. Es que ya se va a hacer hombre, decían. En el pueblo había una leyenda, una en donde una hermosa mujer de vestido blanco salía del agua para llevarse a los hombres. Hay que tener cuidado, porque cuando menos te lo esperas, su cabeza se vuelve de caballo y entonces ya no hay vuelta atrás. ¿Y a dónde se los lleva?, me preguntaba yo. Pues se llevará las almas, porque los cuerpos los deja ahí flotando, decía mi abuela Nana y me abrazaba fuerte. Pero a mí la leyenda no me daba miedo. A veces me descubría pensando en la mujer caballo, y así en sueños me iba con ella a conocer las estrellas.
Un mal día una sombra se llevó a Matías y a otros muchachos y ya no los volvimos a ver, no los encontraron flotando en la laguna ni en ningún lado. Era diciembre y cuando terminó el año nos fuimos del pueblo; entonces las ranas y la leyenda se quedaron atrás. Llegamos a la Ciudad y mi papá me metió a clases de natación para que no estuviera triste. Yo al principio no quería, pero dije que sí para que mi mamá y Nana estuvieran más tranquilas. Me paraba en la orilla de la alberca y miraba el agua, preguntándome si había algo o alguien del otro lado. Fantaseaba con que la alberca era un portal y que si nadaba hasta la otra orilla lo suficientemente rápido, aparecería de pronto en el río Papaloapan, o que me convertiría en pez y me iría nadando por el Río Bravo hasta más allá de los Estados Unidos.
Pasaron así un par de años. Yo iba a entrenar todas las tardes y pensaba en mi primo. Si te sigues esforzando así tal vez te vayas a competir a Barcelona, decía mi papá, y mi mamá y Nana se ponían contentas. Pero yo quería llegar a otro lado, más allá de los podios y las conferencias de prensa. Soñaba con la mujer de la laguna y me parecía escuchar su voz en los charcos o hasta en los vasos con agua; en el pueblo la nombraban la Cihuatatayota.
Es diciembre. Hoy tengo una competencia de recaudación por fin de año, es un evento importante para llegar a la Nacional, pero mi familia no pudo venir. Nana no está bien, escribió mi papá en un mensaje y dejó de contestar. Quiero irme corriendo a casa pero el entrenador dice que a mi familia le gustaría que termine el año con la posibilidad de llegar al otro lado del charco. Barcelona, Budapest. Me paro en la orilla de la alberca y pienso en Nana, en mi primo y en las ranas. Las gradas se van llenando hasta que no cabe nadie más. Doy un último vistazo a mi teléfono, llega un mensaje de mi papá, pero no lo abro. Los finales me ponen triste. Me doy media vuelta y echo carrera como cuando era niño. Me preparo, siento el frío en la nuca. El agua está tranquila. Ocho siluetas en la orilla de la alberca. Suena el silbatazo. Salto. Y los demás conmigo. Ocho siluetas atraviesan la alberca, escucho a la gente que grita y celebra en cada brazada.
Intento concentrarme, veinte, treinta y cinco, cincuenta, siento el borde de la alberca en los pies, si alguien termina la carrera antes de las doce sería un nuevo récord,
setenta, cien metros, solo escucho mi respiración,
ciento veinte, ciento
ciento veinte, ciento cincuenta metros, falta poco, el último tramo,
puedo ver la orilla. Y sentada en el borde hay una mujer. Me mira con esos ojos que conozco tan bien. Se hace un silencio. El gran reloj en la pared marca la media noche. La alberca está vacía y en el fondo está mi primo. ¿Cuántos metro faltan? La mujer estira su mano hacia mí. Hay gritos y aplausos. La carrera ha terminado.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.
