viernes, 12 de diciembre de 2025

Manantial


No me gustan los finales, me ponen triste. Mi papá dice que son necesarios para poder comenzar algo nuevo. Pero nuevo no siempre es mejor.  

Cuando era niño me gustaba escaparme para ir a nadar a la laguna. Echaba carrera y me sumergía hasta casi tocar el fondo. Siempre he nadado muy bien y me pasaba las tardes chapoteando con las ranas hasta que llamaban a comer. A veces me acompañaba mi primo Matías, pero cuando cumplí ocho y él iba a llegar a los quince, ya no lo dejaron ir conmigo. Es que ya se va a hacer hombre, decían. En el pueblo había una leyenda, una en donde una hermosa mujer de vestido blanco salía del agua para llevarse a los hombresHay que tener cuidado, porque cuando menos te lo esperas, su cabeza se vuelve de caballo y entonces ya no hay vuelta atrás¿a dónde se los lleva?, me preguntaba yo. Pues se lleva las almas, porque los cuerpos los deja ahí flotando, decía mi abuela Nana y me abrazaba fuerte. Pero a mí la leyenda no me daba miedo. A veces me descubría pensando en la mujer caballo, y así en sueños me iba con ella a conocer las estrellas. 

Un mal día una sombra se llevó a Matías y a otros muchachos y ya no los volvimos a ver, no los encontraron flotando en la laguna ni en ningún lado. Era diciembre y cuando terminó el año nos fuimos del pueblo; entonces las ranas y la leyenda se quedaron atrás. Llegamos a la Ciudad y mi papá me metió a clases de natación para que no estuviera triste. Yo al principio no quería, pero dije que sí para que mi mamá y Nana estuvieran más tranquilas. Me paraba en la orilla de la alberca y miraba el agua, preguntándome si había algo o alguien del otro lado. Fantaseaba con que la alberca era un portal y que si nadaba hasta la otra orilla lo suficientemente rápido, aparecería de pronto en el río Papaloapan, o que me convertiría en pez y me iría nadando por el Río Bravo hasta más allá de los Estados Unidos.  

Pasaron así un par de años. Yo iba a entrenar todas las tardes y pensaba en mi primo. Si te sigues esforzando así tal vez te vayas a competir a Barcelona, decía mi papá, y  mi mamá y Nana se ponían contentas. Pero yo quería llegar a otro lado, más allá de los podios y las conferencias de prensa. Soñaba con la mujer de la laguna y me parecía escuchar su voz en los charcos o hasta en los vasos con agua; en el pueblo la nombraban la Cihuatatayota.  

Es diciembre. Hoy tengo una competencia de recaudación por fin de año, es un evento importante para llegar a la Nacional, pero mi familia no pudo venir. Nana no está bien, escribió mi papá en un mensaje y dejó de contestar. Quiero irme corriendo a casa pero el entrenador dice que a mi familia le gustaría que termine el año con la posibilidad de llegar al otro lado del charco. Barcelona, Budapest. Me paro en la orilla de la alberca y pienso en Nana, en mi primo y en las ranas. Las gradas se van llenando hasta que no cabe nadie más. Doy un último vistazo a mi teléfono, llega un mensaje de mi papá, pero no lo abro. Los finales me ponen triste. Me doy media vuelta y echo carrera como cuando era niño. Me preparo, siento el frío en la nuca. El agua está tranquila. Ocho siluetas en la orilla de la alberca. Suena el silbatazo. Salto. Y los demás conmigo. Ocho siluetas atraviesan la alberca, escucho a la gente que grita y celebra en cada brazada. 

Intento concentrarme, veinte, treinta y cinco, cincuenta, siento el borde de la alberca en los pies, si alguien termina la carrera antes de las doce sería un nuevo récord

setenta, cien metrossolo escucho mi respiración,

ciento veinte, ciento 

ciento veinte, ciento cincuenta metros, falta poco, el último tramo, 

puedo ver la orilla. Y sentada en el borde hay una mujer. Me mira con esos ojos que conozco tan bien. Se hace un silencio. El gran reloj en la pared marca la media noche. La alberca está vacía y en el fondo está mi primo. ¿Cuántos metro faltan? La mujer estira su mano hacia mí. Hay gritos y aplausos. La carrera ha terminado. 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Persia


Llegamos a Persia una mañana. Ella me dijo que me cepillara los dientes y que no dejará tirando el agua, porque “el agua que se derrama, no se vuelve a recoger, decía.  Las paredes en Persia eran altas y piso crujía bajo mis pies. Mi parte favorita eran los pájaros de madera que colgaban del techo. Me paraba de puntitas e intentaba tocarlos con los dedos. Ella sonreía, algún día podrás, decía, y me cargaba en sus brazos. No trajimos muchas cosas. Nos sentábamos en la alfombra y mirábamos el cielo por la ventana.  A veces tomábamos el té. A ella le gustaba tejer y yo construía castillos de cartas. Primero las dividía, espadas, tréboles, diamantes... Luego construía la base e iba subiendo, pero antes de poner la punta, el castillo se me desbarataba en las manos. Ella sonreía, algún día podrás, decía. 

A veces llegaban cartas. Ella prendía la chimenea, leía las cartas y luego las lanzaba al fuego. Ponía música en ese viejo tocadiscos y bailaba. A mí nunca me ha gustado bailar, bueno, es que no sé bien. Me sentaba en la silla del escritorio y la miraba bailar bajo las viejas lámparas que alguien mandó una vez desde Japón. ¿Sabes dónde queda Japón? Yo tampoco, dicen que es lejos. Ahí hay samuráis y a veces un dinosaurio sale y destruye la Ciudad. Cuando seas más grande podrás viajar por todo el mundo, decía. Ella sonreía, yo me paraba de puntitas. 

Vivimos en Persia mucho tiempo. O al menos eso creo. A veces íbamos a la Parroquia y ella rezaba. Yo cerraba los ojos y me escurría entre las bancas de madera. Para llegar a la Parroquia caminábamos desde Persia, atravesábamos Pekín hasta la esquina de Jerusalén y luego a la izquierda. Más adelante está Japón, pero no el de los samuráis. Y se reía. Yo revisaba en mi mapa: Pekín, Jerusalén, Marruecos, Japón. Y hacia el otro lado: China, Siberia, África. Y más allá Avenida Oceanía.  

Un día, regresando de la Parroquia ella lloraba. En el cielo comenzaban a dibujarse diamantes. Yo jugaba con una rama como si fuera una espada, golpeando los tréboles de la banqueta. Llegamos a Persia y ella cerró las cortinas. Sirvió el té, pero solo una taza. Puso música, pero nadie bailaba. Me sentó en el escritorio y me dio un beso en la frente. Si me quedo dormida, no me despiertes, me dijo, hoy estoy muy cansada. En el escritorio había una carta, pero yo no sabía leer. Algún día podrás, dijo, tomó su taza de té y después ya no dijo nada.  

Errante


Una muchacha camina con un vaso de café en la mano. Dice mi nombre: Horacio. Levanto la mano, pero no me ve. “Aquí”, digo. Nada. Las personas tienen una habilidad increíble para ignorar mi presencia. Usted es de esos que no llaman la atenciónme dijo una vez una maestra, ni porque está tan grandote (mido lo mismo desde que tenía doce), es algo así como una “montaña invisible”, concluyó. Cuando estás en secundaria, un apodo así te persigue de por vida. Pero a mí no, nunca nadie me dijo así y muchas personas ni siquiera me volteaban a verEn efecto, soy una montaña invisible.

Desperté con un zumbido que me ha acompañado todo el día. Inconscientemente me llevo la mano a la oreja mientras lleno formularios en la computadora. Miro el reloj cada cinco minutos pero todavía falta buen rato para salir. En mi escritorio hay una veladora, tres calaveritas de chocolate, un pan de muerto con ajonjolí y un ramo de tapayolas (aquí le dicen cempasúchil); me falta el papel picado. No traje bolsa porque se supone que este año no iba a poner ofrenda, pero al final me ganó el remordimiento y fui comprando todo de a poquito, ayudándome de las bolsas de mi chamarra para no tirar nada en el camino. Antes me gustaba esta fecha... bueno, en realidad era a mi abuelito Horacio al que le hacía ilusión (sí, nos llamamos igual.) Le gustaba poner la ofrenda porque decía que era una manera de mantener presente el recuerdo de mis papás. Casi no los conocí, murieron cuando yo era muy chiquillo. Hace un año murió mi abuelito. Mandé enmarcar una foto suya para ponerla este año, pero de momento sigue guardada en el cajón. Quedó muy bonita. El zumbido en mi oído persiste como un taladro. 

Es de noche, en la televisión pasan una ópera... Wagner... El Holandés errante. A mi abuelito le gustaba esa música. Yo no entiendo mucho, pero se me quedó la costumbre. Me siento en el sillón donde tantas veces vimos al Holandés ascender al cielo y recuerdo la voz de Horacio diciendo: Hay que ser alguien en esta vida. Nunca supe bien qué significaba eso de “ser alguien”. Usted es de esos que no llaman la atención, me dice la maestra. Camino con las manos en los bolsillos sintiéndome más invisible que nunca pienso en mi abuelitoLa ópera termina con aplausos, flores volando al escenario y un telón carmesí que cae lento. Creo que cuando yo me muera, nadie se va a acordar de mí. 

El reloj marca las tres cincuenta. Hoy salimos temprano. Agarro las cosas de mi escritorio, me pongo los audífonos y le pico en aleatorio, suena una ópera... Wagner.  Camino errante, meto el pan en una bolsa de la chamarra intentando que no se desmorone, en la otra bolsa llevo la veladora, con una mano agarro el ramo de tapayolas y sostengo con cuidado las tres calaveritas en la otra mano para que no se derritan. Voy cerca. Del Colegio de la Santa Cruz a la Plaza de los Ángeles. Nos vinimos a Tlatelolco después de la muerte de mis papás. Llego al cruce de Eje Central y Flores Magón. La luz del sol me golpea los ojos. Espero el cambio del semáforo para cruzarEl zumbido de mi oído es ahora la voz de un cantante de óperque se arroja al mar. Atravieso el Eje. medio camino una moto me atraviesa a mí. El zumbido es ahora una llanta que destroza el asfalto. Caigo al pavimento, alcanzo a ver el papel de colores que cuelga en la panadería de enfrente. La veladora sale rodando hasta llegar a los pies de mi abuelito. No entiendo muy bien qué pasa. Hay gritos. Me pierdo en el río carmesí que escurre de mi frente. Cae el telón pero nadie aplaudeDoy un último suspiro cuando siento todas las miradas sobre mí. 





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