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viernes, 5 de diciembre de 2025

Persia


Llegamos a Persia una mañana. Ella me dijo que me cepillara los dientes y que no dejará tirando el agua, porque “el agua que se derrama, no se vuelve a recoger, decía.  Las paredes en Persia eran altas y piso crujía bajo mis pies. Mi parte favorita eran los pájaros de madera que colgaban del techo. Me paraba de puntitas e intentaba tocarlos con los dedos. Ella sonreía, algún día podrás, decía, y me cargaba en sus brazos. No trajimos muchas cosas. Nos sentábamos en la alfombra y mirábamos el cielo por la ventana.  A veces tomábamos el té. A ella le gustaba tejer y yo construía castillos de cartas. Primero las dividía, espadas, tréboles, diamantes... Luego construía la base e iba subiendo, pero antes de poner la punta, el castillo se me desbarataba en las manos. Ella sonreía, algún día podrás, decía. 

A veces llegaban cartas. Ella prendía la chimenea, leía las cartas y luego las lanzaba al fuego. Ponía música en ese viejo tocadiscos y bailaba. A mí nunca me ha gustado bailar, bueno, es que no sé bien. Me sentaba en la silla del escritorio y la miraba bailar bajo las viejas lámparas que alguien mandó una vez desde Japón. ¿Sabes dónde queda Japón? Yo tampoco, dicen que es lejos. Ahí hay samuráis y a veces un dinosaurio sale y destruye la Ciudad. Cuando seas más grande podrás viajar por todo el mundo, decía. Ella sonreía, yo me paraba de puntitas. 

Vivimos en Persia mucho tiempo. O al menos eso creo. A veces íbamos a la Parroquia y ella rezaba. Yo cerraba los ojos y me escurría entre las bancas de madera. Para llegar a la Parroquia caminábamos desde Persia, atravesábamos Pekín hasta la esquina de Jerusalén y luego a la izquierda. Más adelante está Japón, pero no el de los samuráis. Y se reía. Yo revisaba en mi mapa: Pekín, Jerusalén, Marruecos, Japón. Y hacia el otro lado: China, Siberia, África. Y más allá Avenida Oceanía.  

Un día, regresando de la Parroquia ella lloraba. En el cielo comenzaban a dibujarse diamantes. Yo jugaba con una rama como si fuera una espada, golpeando los tréboles de la banqueta. Llegamos a Persia y ella cerró las cortinas. Sirvió el té, pero solo una taza. Puso música, pero nadie bailaba. Me sentó en el escritorio y me dio un beso en la frente. Si me quedo dormida, no me despiertes, me dijo, hoy estoy muy cansada. En el escritorio había una carta, pero yo no sabía leer. Algún día podrás, dijo, tomó su taza de té y después ya no dijo nada.  

Errante


Una muchacha camina con un vaso de café en la mano. Dice mi nombre: Horacio. Levanto la mano, pero no me ve. “Aquí”, digo. Nada. Las personas tienen una habilidad increíble para ignorar mi presencia. Usted es de esos que no llaman la atenciónme dijo una vez una maestra, ni porque está tan grandote (mido lo mismo desde que tenía doce), es algo así como una “montaña invisible”, concluyó. Cuando estás en secundaria, un apodo así te persigue de por vida. Pero a mí no, nunca nadie me dijo así y muchas personas ni siquiera me volteaban a verEn efecto, soy una montaña invisible.

Desperté con un zumbido que me ha acompañado todo el día. Inconscientemente me llevo la mano a la oreja mientras lleno formularios en la computadora. Miro el reloj cada cinco minutos pero todavía falta buen rato para salir. En mi escritorio hay una veladora, tres calaveritas de chocolate, un pan de muerto con ajonjolí y un ramo de tapayolas (aquí le dicen cempasúchil); me falta el papel picado. No traje bolsa porque se supone que este año no iba a poner ofrenda, pero al final me ganó el remordimiento y fui comprando todo de a poquito, ayudándome de las bolsas de mi chamarra para no tirar nada en el camino. Antes me gustaba esta fecha... bueno, en realidad era a mi abuelito Horacio al que le hacía ilusión (sí, nos llamamos igual.) Le gustaba poner la ofrenda porque decía que era una manera de mantener presente el recuerdo de mis papás. Casi no los conocí, murieron cuando yo era muy chiquillo. Hace un año murió mi abuelito. Mandé enmarcar una foto suya para ponerla este año, pero de momento sigue guardada en el cajón. Quedó muy bonita. El zumbido en mi oído persiste como un taladro. 

Es de noche, en la televisión pasan una ópera... Wagner... El Holandés errante. A mi abuelito le gustaba esa música. Yo no entiendo mucho, pero se me quedó la costumbre. Me siento en el sillón donde tantas veces vimos al Holandés ascender al cielo y recuerdo la voz de Horacio diciendo: Hay que ser alguien en esta vida. Nunca supe bien qué significaba eso de “ser alguien”. Usted es de esos que no llaman la atención, me dice la maestra. Camino con las manos en los bolsillos sintiéndome más invisible que nunca pienso en mi abuelitoLa ópera termina con aplausos, flores volando al escenario y un telón carmesí que cae lento. Creo que cuando yo me muera, nadie se va a acordar de mí. 

El reloj marca las tres cincuenta. Hoy salimos temprano. Agarro las cosas de mi escritorio, me pongo los audífonos y le pico en aleatorio, suena una ópera... Wagner.  Camino errante, meto el pan en una bolsa de la chamarra intentando que no se desmorone, en la otra bolsa llevo la veladora, con una mano agarro el ramo de tapayolas y sostengo con cuidado las tres calaveritas en la otra mano para que no se derritan. Voy cerca. Del Colegio de la Santa Cruz a la Plaza de los Ángeles. Nos vinimos a Tlatelolco después de la muerte de mis papás. Llego al cruce de Eje Central y Flores Magón. La luz del sol me golpea los ojos. Espero el cambio del semáforo para cruzarEl zumbido de mi oído es ahora la voz de un cantante de óperque se arroja al mar. Atravieso el Eje. medio camino una moto me atraviesa a mí. El zumbido es ahora una llanta que destroza el asfalto. Caigo al pavimento, alcanzo a ver el papel de colores que cuelga en la panadería de enfrente. La veladora sale rodando hasta llegar a los pies de mi abuelito. No entiendo muy bien qué pasa. Hay gritos. Me pierdo en el río carmesí que escurre de mi frente. Cae el telón pero nadie aplaudeDoy un último suspiro cuando siento todas las miradas sobre mí. 




martes, 24 de enero de 2017

Es sólo curiosidad.

A veces tengo la sensación de que no me lo dices todo. De que te me muestras incompleta.
Y con esto no quiero decir que no puedas tener secretos, o que tengas que ser siempre transparente para mí. Pero es cansado. Es que no me dices las cosas y luego te enojas. Te enojas porque dices que no sé qué te pasa. Sabes que no soy muy listo. Nunca se me ha dado eso de... intuir, de... saber con el corazón. Sí, estoy leyendo el libro que me regalaste. Te dije que uno de mis propósitos del año es leer más. Para entender un poco mejor el mundo, o al menos para no quedarme callado cuando salimos con tus amigas. No me estoy quejando. Otro de mis propósitos es el de ser más claro con las cosas que digo y hago. Poner en práctica eso de que ideas positivas atraen acontecimientos positivos. Ya te enojaste, ¿verdad? ¿Ves lo que digo? Cuando era chico desarrollé una personalidad de chicle. Me alegraba por las cosas que le pasaban a los demás y me ponía triste por desgracias ajenas. Cambiaba de humor dependiendo de mi entorno, era como un chicle que se amolda al cuerpo de aquel desafortunado que se lo cruza por el camino. Me pegaba en todos lados, con todo el mundo. Hasta que se me acabó el sabor. Y luego me sequé y ya no me pude pegar con nadie. Sí, ya sé que no es una analogía buena ni bonita, el que lea más no quiere decir que de repente sea una persona elegante o elocuente, sólo quiere decir que ya no me aburro tanto como antes, y que puedo decir: Sí, sí lo leí, sí lo conozco. Aunque no me acuerde muy bien lo que decía o cómo era. Lo que intentaba decir con lo del chicle es que a veces me inunda una felicidad, pero una felicidad amorfa, que no me pertenece. Y otras veces me quedo como pensativo y triste y no sé por qué. Me gustaría saber si esas cosas que siento vienen de ti. Si mi chiclosidad ha regresado y estoy pegado a ti. No, de verdad no es una queja, es sólo curiosidad. Si no quieres contestar está bien. Pero luego no digas que no te pregunté.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Que pase el tiempo, que pase.

Que pase el tiempo, que pase. Que nos deje libres, que deje correr los ríos, libres como tú, libres como yo. Qué pase el tiempo, que lo cambie todo. Que no cambie nada. Qué borre las sonrisas y las lágrimas. Que todo vuelva a empezar. Qué pase el tiempo, que pase. Que se coma los minutos, que me rompa el corazón. Que me deje en la nada, que me haga volar. Qué mueva la nubes, que suene el viento. Que pase, que se entierre en la arena, en la playa, en el mar, en el tal vez, en el quizás. Que pase el tiempo y que todo vuelva a empezar. Que se lleve la primera vez, la última vez, el nunca jamás. Qué rompa el silencio, que saque a secar la ropa, que baile bajo la lluvia, que ría a la luz de la luna. Que pase el tiempo, que nada importe nada, que todo importe todo. Que coma y vuelva a comer. Que te mueva los cabellos, que te levante la falda. Que pase el tiempo. Que se lleve mis arrugas, que te cuente un cuento. Que se coma las uñas, que te robe el aliento. Que pase el tiempo, que pase.


jueves, 3 de enero de 2013

Un parpadeo. Uno.

¿Quién era el hermoso caballero que la acompañaba? Era en lo único en lo que podía pensar. ¿Lo viste? Cabello ondulado, ojos profundos, la sutileza de sus manos, como si su copa flotara a su alrededor. Y su voz, cuando habló por primera vez se hizo el silencio en la mesa por unos segundos, ¿Lo viste? No te creo.¿Quién era él? Y también me pareció delicado. Como si pudiera desaparecer en el viento con un parpadeo. ¿Era real, verdad? ¿O sólo un sueño? Cuando salí al jardín, ya no estaba, pero me pareció escuchar su voz. La comida no estuvo excelente, la plática fue aburrida y monótona, los mismos temas, la misma música "elegante". No fue un sueño, nada era de ensueño. Bueno, ya sabes. ¿Dónde está? ¿Quién era el? Te callas y me dejas sonrojada como si tuviera quince años. "Ya ni las chicas de quince años se sonrojan así". ¿Es todo lo que vas a decir? Santurrona. Y no es un insulto, sabes que te quiero. Sí, te quiero. Más de lo que a mí me gustaría incluso. ¿Cuándo volveremos a tener una cena así? Sabes que no me interesa la comida. A mí me da igual. Sobrenatural, ¿no te parece? ¿Ardiente y audaz? Ahora quién es la que suena a novela mal traducida. Pues sí es verdad, no me interesa. De cualquier modo me insulta tu silencio. Porque siempre te callas las cosas importantes. Sí, importantes para mí. No se trata de eso. Mira el viejo reloj, ¿qué hora es? ¿Y hace cinco minutos? ¿Y cinco minutos antes? ¿Y cinco minutos antes de eso qué? Terminó, la cena, comenzaron a despedirse, quise acercarme a él. No fui tan veloz. Corrí a la puerta. Desapareció. En el viento, si tu quieres. Llevo quince minutos en el marco de la puerta. ¿Quién es? ¿Ah, sí? ¿Y desde cuando invitan desconocidos a cenar? No, no tengo sueño, gracias. Pues buenas noches, entonces.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Entre las cenizas.


Entre las cenizas hay una mujer de vestido blanco que moja sus cabellos con el agua de la cubeta que firmemente lleva entre los brazos. Entre las cenizas hay un hombre que la mira y que no puede creer la blancura del vestido de la mujer mientras frota sus cansadas manos. Entre las cenizas hay también un gato.

- Es hermoso, ¿no le parece?.
- ¿El qué?, disculpe.
- Todo esto. Las cenizas.
- Ah, ¿le gusta?. Le gusta.
- Siempre he encontrado cierta fascinación...
- En el sufrimiento de los demás quiere usted decir.
- No, no me mal interprete. Me refiero a, la idea en sí.
- Corazones consumidos por el fuego.
- Sí, me gusta la idea de que alguien aún pueda amar así.
- ¿Aún?.
- Aún. ¿Por qué sonríe?
- ¿No me está permitido sonreír?
- No dije eso, no es una prohibición sino una pregunta; mera curiosidad.
- Bueno, pues sonrío, para... espantar el mal rato.
- ¿Es eso posible?
- Inténtelo. Sin tanto esfuerzo... debería ser más simple.. espere, ¿qué hace? Antes a la gente se le caían las sonrisas de la cara o se las dejaban arrancar fácilmente.
- Yo nunca he sido fácil.
- Sí, se nota. Y no se moleste, es un cumplido.
- Es difícil de creer.
- Las mejores cosas son siempre difíciles de creer.
- Sí, es cierto, y la verdad es un poco triste.
- ¿Le parece triste la Verdad?
- No. Me refiero a que en verdad es triste que sea difícil creer que... Sí, un poco.

Hay entre las cenizas, una mujer, un hombre y un gato.





viernes, 14 de diciembre de 2012

Hacia el vacío.


Hoy dormí. Y soñé. Soñé como nunca antes.
Avanzaba por calles empedradas montando un cocodrilo. Fui valiente como nunca antes.
Avanzaba por la larga avenida entre luces y balcones. Avanzaba y avanzaba.
Luego ya no.
Bajé del cocodrilo y le agradecí el paseo. Seguí a pie, con la inseguridad de encontrarte.
A la vuelta de la esquina. Brillante.
Luego dudé. Antes de girar. Sin sombras . Sin sonidos. Sin pasos. Sin.
Cerré los ojos.
Ese aroma. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Clamoreo.
Un dulce sonido. Y ese aroma.
Tal vez me estrelle contra la pared. No importa. Hoy no. Hoy dormí. Y soñé.
Fui valiente como nunca antes.
Doy un paso. Uno solo. Uno sólo.


lunes, 10 de diciembre de 2012

No te vayas.

Y entonces me dio un abrazo de "No te vayas". ¿Un poco más de azúcar?, me preguntó la camarera, el "plap" de su chicle me regresó a éste momento. "No te vayas". No, gracias, dos cucharadas está bien. Dos... está bien.

Tomo el café, respiro. Camino, respiro. El autobús. Respiro. "No te vayas"
$4.50 hasta allá, el camión no da cambio, ni modo. Sorbo uno, dos, tres tragos. Paisaje urbano, respiro.

Con permiso. Movimiento de rodillas. Alguien se sienta a mi lado.
Veo por un momento tus ojos en sus ojos. "No te vayas, respiro."

¿Cuánto tiempo llevo en éste camión? Dos segundos. ¿Tres?
El tiempo no avanza, cada paso me regresa a ti, cada vuelta de rueda del camión. A ti.
"No te vayas", abrazo cariñosamente tu recuerdo.
"No te vayas".

Disculpe, ¿sabe si falta mucho para llegar?
¿Dónde estoy?
Faltan dos semáforos. Claro, gracias.
El café sigue caliente. Dos, tres tragos más.
Cerraré los ojos y nos los abriré hasta que estés delante.
"No te vayas". Respiro.


jueves, 14 de junio de 2012

I.- Alto.


N.- Mostrarse al mundo tal cual uno es. Abrir la alas. Cerrar los ojos.

L.- ¿Por qué te gusta seguir imaginando cosas que no van a pasar jamás?

N.- Sientes el aire frío. Te estremeces. Sus ojos. Te estremeces.

D.- Y yo quiero convencerme de que es así. De que esto no es despecho, es amor. De que tus ojos me iluminan no que me deslumbran. Yo quiero creerlo. Creerte. Y creerte para mí.

N.- Una mano busca la otra. Entre el sonido y las luces.

L.- En el cuarto oscuro. Oscurecido. En el silencio.

N.- La luz de sus ojos y la respiración. Entrecortada.

L.- El maquillaje de sus ojos está al límite del buen gusto. Es saludable permanecer al límite.

D.- Te sorprende la poca atención que puede prestarte la gente.

N.- No he tomado nada, lo juro. Sólo estoy feliz. Feliz como cuando en la infancia escuchas por primera vez el sonido del mar.

D.- Aún respiras, justo antes de que ocurra. Luego viene la nada.

L.- Todavía con esa sonrisa idiota en la cara. Las alas abiertas.

N.- Su cabello negro inundándolo todo.

D.- El cuerpo que se congela. Antes de la huida. La vida que se detiene.

N.- Esa sensación...

L.- ¿La conoces?

D.- El piso frío en la mejilla como beso de despedida.

N.- Esa sensación...

L.- Está muerta.

N.- No te atreves. No tocas su mano.

L.- Está muerta.

N.- Tal vez demasiado tarde.

D.- Ésta muerte, que te atrapa cuando menos te lo esperas.




domingo, 10 de junio de 2012

Sol y Loquio (Fragmento)

Bigote lacio, cabello corto, bien peinado, sombrero, botas charras, cinturón piteado, rostro cenizo y mirada perdida, solo, allí parado, desierto bajo, calor arriba, uno, dos, tres minutos vaporosos.
Cosquilleo en el tobillo, el impulso de dar un paso. ¿Derecha o izquierda? Cosquilleo y cosquilleo otra vez. Se detiene.
(Se escucha un gavilán a la distancia. Después de unos segundos el hombre se descuelga del hombro un morral y se agacha para inspeccionar las cosas que hay dentro; una ánfora vacía, un pañuelo, una botella de vidrio vacía, una navaja y unos cerillos)
Las rodillas tocan la arena, el cuello se relaja, el calor aumenta, abro la navaja, la refrescante navaja, y la acerco a mi cuello, quiere decirme un secreto. Cierro los ojos y se calla.
"Por ahí viene el gavilán, por ahí viene ya volando; no me lo dejen llegar, pollitas anda buscando. Por ahí viene el gavilán con sus alitas plateadas..."
Pausa en el aire.
(Se escucha un gavilán a la distancia. El hombre guarda la navaja.)

jueves, 12 de enero de 2012

Maquinaria sobre la luna

Con la piel erizada y la sangre corriendo a toda velocidad camino por la calle, bajo las estrellas. Tomo una escalera y bajo las estrellas. Ahora el cielo está pelón, con una luna cubierta por las nubes. Sigo caminando, comienzo a correr y luego me preparo para emprender el vuelvo. Miro hacia el piso y veo las estrellas incrustadas en el concreto. Zzzzzzzzzzzumbido en el aire, paso volando a toda velocidad, con la piel erizada y la sangre roja corriendo. Me detengo sobre un rascacielos para fumar un cigarrillo. (Be happy - Go lucky!). El viento sopla y le quita las nubes de la cara a la luna. La maquinaria que hace brillar a la luna queda delineada como con tinta china. Chin-chan, chin-chan, suena la maquinara en medio de la noche. El viento vuelve a soplar y mueve el telón negro de la noche que se sostiene apenas sin las estrellas. El viento vuelve a soplar, la noche queda desnuda sin su telón negro que se ha caído al piso. Miro hacia abajo y veo el telón negro de la noche sobre el piso incrustado de estrellas. La noche se llena con el brillo de la luna. Los autos se enredan con el telón, la gente asombrada mira por las ventanas y se queda parada en las calles para ver la luz de la noche.Una pausa, la calma. El mundo se detiene.



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