martes, 12 de octubre de 2010

La cuna, el reloj, tú y yo.

Y ahí estaba yo. Frente a ella. Con las manos en los bolsillos, sin poder creer lo que acababa de ocurrir.
Ahora la tarde está tranquila. Sin su gritos, la habitación ha quedado por completo en silencio.

Y allí me encontraba yo. A su lado. Ella tirada en el piso; yo, con las manos en las bolsas del pantalón. Aún no lo creo.
La tarde parece detenida. Su boca está callada y la habitación se ha quedado en silencio.

Sólo el reloj y la cuna me recuerdan que el tiempo no se detiene. Yo no quería hacerlo, pero sucedió.
Sus ojos me miraban; con desprecio, como siempre. No quiero admitirlo pero así es. Ella está muerta; yo la maté.

A mi favor puedo decir que ya tengo edad para independizarme. Cuarenta años recién cumplidos, ayer fue mi cumpleaños.

A ella no le importaba. Era una mujer muy bella, y no le importaba. Tal vez hasta le hice un favor.

Sí. Ella está muerta; yo la maté.

A lo lejos se oyen las sirenas. Los vecinos deben haber llamado a la policía después de escuchar el disparo; sí, de seguro. Son buenas personas. Aún así mis piernas se mantiene quietas, las manos en los bolsillos.

Yo la maté. Es como NO QUERER VER UNA MONTAÑA CUANDO ESTÁ FRENTE DE TI, FRENTE A TUS OJOS.

La policía está cerca; iré a prisión.

Su rostro no se mueve, parece que no le importa. Nunca le ha importado, incluso cuando... a no, lo olvidé, está muerta.

La patrulla se detiene frente a la casa.
—Mamá, me voy. Iré a prisión. —Por obvias razones ella no contesta.

Tocan la puerta. Mi piernas por fin se mueven, y me dispongo a bajar para abrir la puerta.
Cuando estoy a punto de salir del cuarto, no puedo evitar pensarlo: "¿Por qué, mamá? ¿Por qué?. Que las furias se apiaden de mí. Nunca te perdonaré."


The Remorse of Orestes (1862), de William-Adolphe Bouguereau.

domingo, 10 de octubre de 2010

Amordazado

Son las 8:15, es temprano.
¡Demasiado! ambos se miran, tienen cara de "No quiero estar aquí". La música suena; la fiesta continúa.

El espectáculo es grotesco; hombres y mujeres se retuercen en la pista de baile en medio de luces y un sonido sordo y estridente. Agitan su brazos y piernas; en sus rostros, las sonrisas más falsas del mundo.

¿Quieres bailar?
No gracias dice ella, con una sonrisita. Una nube de tabaco llega hasta la mesa en la que están sentados; se miran y sonrien mientras tosen. Ella usa un vestidito rosa; él, saco y corbata.
—Te ves muy linda.

El volumen de la música aumenta. La agitación en la pista, también.

—¿Te importa si tomo un trago?
—No, para nada.
—Bueno, sólo uno —se sirve, pero no toca el vaso—. A por cierto —saca de su bolsillo unas pastillas azules con manchitas amarillas—, ¿Quieres una?.
—¡Claro! —sin pensarlo su mano se extiende hacia las pastillas. Se lleva una a la boca y las luces de la habitación comienzan a dar vueltas.

Despierta adolorida. Está acostada en una cama, la habitación es oscura. A su lado está él, amordazado.
—No te preocupes —dice ella—. Ya sé quienes son. Saldremos de aquí.

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sábado, 9 de octubre de 2010

Gótico

"Yo no maté a mi esposa, lo juro. Solo soy un granjero." La vieja excusa. Depués de escucharla por cuarta vez, sigo caminando por los maizales. Ya van cuatro asesinatos a esposas de granjeros esta semana. Dicen que no hay sospechosos, pero todos aquí son culpables. El último hombre que visitamos tenía sangre en las manos, ¡De la vaca que acaba de parir!, se excusó. Hay que hacer algo, pero no soy quién para detenerlos.

Mujeres asesinadas por sus esposos granjeros, otro problema más de mi mundo triste y enfermo.

American Gothic, un cuadro de Grant Wood.


lunes, 4 de octubre de 2010

... por el camino ...

Yo solo digo que...
Mejor no digas nada que no te pago para eso.
El Sr. le pega con el periódico en la cabeza, el muchacho se recarga en el recibidor y mira por la ventana la hermosa tarde que se le escapa de las manos. El sol brilla, la tarde es muy cálida; el paisaje se ve de color rojo, el tabique y las tejas de las casas enmarcan el camino empolvado que cruza la calle, el tiempo se detiene, el día es perfecto.

En el camino empolvado sus pies se arrastraban con cansancio, el sol en lo alto llenaba su rostro de pequeñas perlas. Iban formados en una fila, con maderas en la espalda los hombres de bronce entran al pueblo por el camino.
Las mujeres se asoman por la ventana para recibir a sus maridos, a sus hijos, a sus hermanos, a los leñadores.


Hoy no pasa nada, mañana tampoco.


domingo, 3 de octubre de 2010

Dos hombres sentados en una caja.

Dos hombres sentados en una caja sobre el escenario.

—Yo no lo tengo, ya te dije, te lo dí hace rato.
—Y luego dices que el loco soy yo.

Una mujer entra vendiendo pan, ambos la miran.

—(Al la Sra.) Oiga Señora, ¿Ud. no lo ha visto?
—Lo siento muchachos, no.

Sale pregonando.

—Te dije, si tú lo tenías.
—¡Qué no!, que te lo dí hace rato.
—A lo mejor lo dejaste....
—Qué no, que yo no fuí.
—Bueno, no te enojes si yo nadamás decía. ¿Y entonces ahora qué hacemos?
—Pues podríamos pedirle uno a alguien. (Miran hacia el público)
—No creo que nadie tenga, y si tienen seguro que no querrán prestarlo.
—Bueno pues nada perdemos con intentar.
—No, seguro no querrán, mejor piensa en otra cosa.
—¡Podríamos robar uno!
—¡Qué no!
—Bueno, ¿Y qué tal si...? (Mira hacia la caja sobre la que están sentados)
—No, no creo, además yo no puedo.
—¿Por qué?
—Me duele la espalda.
—Ay, no seas payaso, hay que probar.
—Pues tú inténtalo. (Se levanta indignado)
—¡Necio de veras, eh! (lo sigue) Pues yo lo voy a intentar (se acerca a la caja)
—(Preocupado)¿Y si te pasa algo?
—Sólo es una caja. (Decidido) Lo voy a intentar. (Se inclina y toma la caja con las dos manos, la levanta) ¡Ja, lo sabía! (Se inclina y toma el pollo de tela que había debajo)

Oscuro.

¿Último aviso?

Me despierto sobresaltado. Por la ventana se cuela el sonido de la señora de los tamales pero no tengo dinero para bajar corriendo a alcanzarla. Me medio visto con lo primero que encuentro y salgo del departamento; bueno, yo lo llamo departamento, no crean que es por presumir ni nada, es nada más para no llamarlo "el cuartucho que está hasta arriba de la vecindad".

Salgo y me encuentro con la señora que vive justo abajo, Doña Estela, todavía es temprano pero ella ya salió a regar sus plantitas, ¡Buenas doña Estela!, ella solo sonríe; pobrecita, desde que le mataron a su hijo el año pasado ya no es la misma de antes. Cruzo el pasillo, paso por enfrente de los dos departamentos que siguen, enfrente de uno una botella con leche y un periódico enrollado, enfrente del otro un sobre con letras rojas grandotas, ÚLTIMO AVISO, que bonito contraste, ¡Buen día Pepe!, la segunda puerta se abre y yo paso haciendo como que no veo el sobre, ¡Buenas!. En el piso de abajo se oyen gritos, señal de que la vecindad ya va agarrando el ritmo; es la pareja que se avienta como cinco mentadas de madre antes de empezar el día, yo creo que con un simple -Hola- sería suficiente, él es obrero y ella, alcohólica. Paso discreto como todo buen vecino, haciéndome el de la vista gorda y llego el piso de abajo; es lo malo de vivir hasta arriba, siempre antes de salir uno se entera de la vida de todos los demás. En el piso de abajo suenan los huapangos que pone Don Beto, su vecina de a lado sale corriendo y se pone a gritarle a su puerta, ¡Apague la música viejo inconsciente, todavía es muy temprano!, trato de no reírme. Tomo las últimas escaleras antes de llegar al patio y empezar el día, Doña Sarita está sentada ya en su banquito, ¿Ya te vas Pepe?, ¡Sí Doña, a chambiarle!, la noto seria, como distante, sigo caminando, me dan escalofríos; abro la puerta y lo veo, enfrente de la vecindad esta el cuerpo del esposo de Doña Sarita, muerto ya, sin decir nada; en la esquina dos polis se comen un tamal, nadie hace nada, nadie ve nada.

Hoy cuando salí de la casa no sabía a dónde iba, pero salí muy decidido.


domingo, 26 de septiembre de 2010

Rutina (3)

...lo observo detenidamente, mi viejo revólver, mi viejo amigo, hacía años que no lo sacaba y ahora verlo frente a mí me parece tan irreal. Sostengo mi revólver tan frío como mi mano, tan frío como la cocina, como la mañana, inicio de semana, nueve quince de la mañana, mi estómago también está frío, la fría rutina.
El silencio se rompe con un ligero susurro, es el revólver que me habla y me dice algo que no consigo entender, lo miro extrañado mientras el susurro se vuelve más fuerte casi insoportable, como un zumbido penetra en mis oídos pero aún no puedo entenderle -¿Qué?- le grito al vacío y nadie me responde, me empiezo a poner nervioso, mi corazón se acelera y el revólver no se calla. Desesperado me acerco la "boca" del revólver al oído, tiro el gatillo y el revólver me lanza un grito fuerte y claro en la oreja, nueve diecisiete de la mañana, antes de que mis ojos se cierren lo entiendo por fin, en el murmullo el revólver me decía -No lo hagas-.

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