La cena ya casi está lista. La ventana abierta deja que el aire se cuela y me haga compañía. Espero.
Cuando llega Roberto con las bolsas de papel y una sonrisita en la cara, el aire sale para no hacer mal tercio. Cierro la ventana.
R. Pensé que no eras muy de cenas de navidad.
Yo. Son las 11:30PM, tengo hambre y no hay razón para no cenar juntos a la luz de las velas. No pienses que es una cena navideña; no pondré platos finos ni preparé nada especial, es sólo pasta para cenar.
R. Entonces está bien, supongo.
Saco el pan de las bolsas y el vino. Pasta, mantequilla, la luz de la velas, platos de plástico y su sonrisita.
Este no será un momento mágico de Navidad, porque no hay nada navideño aquí, sólo nosotros y al aire a nuestro alrededor. Un aire de ciudad, un aire de nosotros. Así, sin pensar en la Navidad, solos, en una noche más, podremos repetirlo en cualquier noche del año. Sin el pretexto de que sea Navidad, con el pretexto de nosotros. Te quiero a ti, no una cena de Navidad.
viernes, 23 de diciembre de 2011
jueves, 15 de diciembre de 2011
En un suspiro
Y su cuerpo se agita estrepitosamente bajo las luces rojas y amarillas. Sus brazos sin ritmo, y su cabeza alocada. Su cabello es una llama negra en la pista de baile.
Respiro. Tomo un trago. Miro el reloj. Carraspeo. Regreso.
La música se vuelve eterna bajo sus tacones. Sus ojos se cierran y sus labios tararean mientras baila. Nadie la mira, sólo yo.
Respiro. Tomo otro trago. Miro el reloj. Miro la puerta. Carraspeo. Regreso.
Sus piernas, que ya no son tan largas, se tambalean, pero ella no cae. La música sigue. Entre la multitud ella sigue bailando. Baila, o hace algo que se le parece.
Respiro. Tomo otro trago. Miro el reloj. Miro la puerta. Carraspeo. Cierro los ojos. Regreso.
Tiene el aire de esas personas que no necesitan excusas ni pretextos. Parece que apenas respirara. Su cuerpo se agita, y su respiración también.
Respiro. Uno. Sirvo otro trago. Miro el reloj. Dos. Miro la puerta. Carraspeo. Cierro los ojos. Me voy. Tres. Ella cae. La música, continúa.
Respiro. Tomo un trago. Miro el reloj. Carraspeo. Regreso.
La música se vuelve eterna bajo sus tacones. Sus ojos se cierran y sus labios tararean mientras baila. Nadie la mira, sólo yo.
Respiro. Tomo otro trago. Miro el reloj. Miro la puerta. Carraspeo. Regreso.
Sus piernas, que ya no son tan largas, se tambalean, pero ella no cae. La música sigue. Entre la multitud ella sigue bailando. Baila, o hace algo que se le parece.
Respiro. Tomo otro trago. Miro el reloj. Miro la puerta. Carraspeo. Cierro los ojos. Regreso.
Tiene el aire de esas personas que no necesitan excusas ni pretextos. Parece que apenas respirara. Su cuerpo se agita, y su respiración también.
Respiro. Uno. Sirvo otro trago. Miro el reloj. Dos. Miro la puerta. Carraspeo. Cierro los ojos. Me voy. Tres. Ella cae. La música, continúa.
viernes, 25 de noviembre de 2011
¿Usted habla ayapaneco?
Manuel.- Si en 1996 me hubieran dicho que dentro de quince años Doña Conchita estaría viviendo con sus hijos en la capital, yo, quizá, no lo hubiera creído. Si hace quince años me hubieran dicho que la mueblería de Pedro iba a quebrar por falta de clientes, yo, quizá, no lo hubiera creído. Si hace quince años me hubieran dicho que alguien se iba a interesar en grabar mis palabras y que además iba a salir en el periódico, seguramente yo no le hubiera creído. Y sin embargo pasó. Hoy hace ya quince años que mi vida comenzó a cambiar bruscamente. Si hace quince años me hubieran dicho que el Ayapaneco, la lengua de mi abuela, se iba a dejar de hablar, yo no lo hubiera creído. Hoy quizá, no sé. Quince años. 1996.
Isidro.- Yo no soy un hombre de rencores, pero sí de principios, y los he tenido bien claros toda mi vida. Yo nací aquí, en Jalpa de Méndez, Tabasco, aquí crecí y aquí he vivido toda mi vida. Empecé a vivir en ésta que era la casa de mi papá hace ya como quince años, yo mismo fui con Pedro y le dije que me la amueblara para que quedara bonita, y luego me vine a vivir para acá, yo solo, de eso hace ya como 15 años.
Manuel.- Yo quizá, no habría aprendido español de no ser por una muchacha que vivía aquí cerca. Luego se fue a vivir al otro lado del pueblo. El punto es que aprendí español, como mucha gente, aunque la diferencia es que yo sí sigo aquí.
Isidro.- Rocío estuvo viviendo un tiempo aquí conmigo, un tiempo; pero no fue por ella que me cambié para acá. Ésta era la casa de mi papá y no quería que se quedara sola después de que él falleció.
Manuel.- Rocío vivió un tiempo conmigo, me enseñó muchas cosas, me aprendió otras tantas. Pero luego se empezó a juntar con el Isidro que es un cabezón.
Isidro.- La Rocío era muy letruda, pero también muy mañosa. Manuel y ella tuvieron sus que veres pero luego se pelearon, o eso me dijo ella, y me dijo también que si se podía venir a vivir aquí un tiempo. Yo pues le dije que sí.
Manuel.- Tengo que confesar que yo también estuve apunto de irme, de dejar aquí, de dejar mis raíces, de buscar cosas nuevas. Ya había juntado un dinero pero… hace quince años…
Isidro.- Ya después me enteré que Rocío no estaba peleada con Manuel, se estaba escondiendo de él.
Manuel.- Yo, quizá, hubiera abierto un negocio, viajado. No era que tuviera tanto dinero pero pues por algo se empieza. Aunque ese es el problema, el “tuviera”, o peor aún, el “tuve”.
Isidro.- Rosario era una muchacha que buscaba oportunidades y que se quería ir de aquí, era, ¿cómo se dice?
Manuel.- Oportunista, es la gente oportunista la que ha ido destruyendo este pueblo.
Isidro.- Manuel tenía un dinero, sí, todos lo sabíamos. La gente de aquí que junta dinero se va, yo no quería que Manuel se fuera, nosotros teníamos pues…
Manuel.- Una amistad de años que se fue al carajo porque Isidro se robó mi dinero.
Isidro.- Rocío se robó el dinero, pues, se vino a esconder a mi casa, y luego se fue para la capital.
Manuel.- Isidro me robó el dinero, se lo gastó en quién sabe qué y luego se fue a vivir al otro lado del pueblo.
Isidro.- Yo por supuesto me di cuenta de eso ya que Rocío se había ido, después de que Manuel me vino a reclamar. Yo le expliqué que yo no había sido pero no me creyó.
Manuel.- Rocío después de enterarse de la traición de Isidro lo dejó y se fue para la capital. Pinche Isidro. Aunque en parte agradezco que me haya quitado el dinero. Me da gusto estar aquí.
Isidro.- Yo no quería que se fuera, pero tampoco era para robarle el dinero. En parte me dio gusto que Rocío se lo llevara.
Manuel e Isidro.- Aunque él por supuesto, no lo sabe.
Isidro.- Yo ya dije, hasta que él no venga a disculparse no le voy a volver a hablar. Yo no soy un hombre de rencores, pero sí de principios.
Manuel.- Yo, no sé. Quizá. Hace quince años.
…
…
Isidro.- Sí, ya le dije que sí hablo ayapaneco, pero ahora dígame usted a mí, güero, ¿por qué está tan interesado en Manuel y en mí?
sábado, 5 de noviembre de 2011
Quiero que lo hagas (No quiero hacer el oso.)
(Un hombre entra al escenario vestido con una botarga de oso, toma unos globos y corre en círculos por el escenario.
Otro hombre entra al escenario y mira al oso.)
Otro hombre entra al escenario y mira al oso.)
Hombre: ¿Qué haces aquí?
(El oso se detiene y se quita la cabeza de oso.)
Oso: Te estoy esperando. Necesito hablar contigo. (El Hombre cruza el escenario para salir.) No te vayas, por favor. Espérame.
Oso: Te estoy esperando. Necesito hablar contigo. (El Hombre cruza el escenario para salir.) No te vayas, por favor. Espérame.
(El Hombre se detiene.)
Hombre: Creo que quedó claro que tú y yo ya no tenemos nada más qué decirnos.
Hombre: Creo que quedó claro que tú y yo ya no tenemos nada más qué decirnos.
Oso: Esa es tu opinión. Déjame explicarte. (El “oso” saca unos folletos del portafolio que está el fondo.) Necesito que me des una oportunidad. Por favor.
Hombre: ¿Para qué? El hecho es que a ti (El Hombre señala unas cajas también al fondo, que contienen tarritos de miel.) las cosas no te importan lo mismo…
Oso: ¿Lo mismo que a ti?
Hombre: Basta. No tengo por qué seguir discutiendo contigo. Dame permiso.
Oso: Está bien. Vete. (Tira al piso los folletos y señala las cajas de tarritos de miel.) Tíralo todo a la basura.
Hombre: No me culpes a mí.
Oso: (El Oso le extiende la cabeza de oso al Hombre.) Ponte en mi lugar. (El Hombre lo rechaza e intenta salir de escena.) Entiéndeme. Lo que me pides es… demasiado.
Hombre: ¿Demasiado? ¿Tú te has puesto en mi lugar? (El Hombre señala su saco y su corbata.) ¿Te puedes imaginar lo importante que es para mí?
Oso: No, seguramente no. Pero necesito que me entiendas.
Hombre: No hay nada que entender. Si no puedes hacerlo… (Toma la cabeza de oso del suelo y se dirige al bote de basura.)
Oso: Pídeme otra cosa. Cualquier otra cosa. Lo que sea.
Hombre: Ya sabes lo que quiero.
Oso: ¿Qué? ¿Qué es lo que quieres?
Hombre: (Le pone de nuevo la cabeza de oso.) Quiero que lo hagas.
Oso: Pues lo siento. Lo siento mucho.
Hombre: ¿Entonces no?
Oso: No. (Se quita la cabeza de oso.) Definitivamente. (Se quita el traje de oso.)
Hombre: Piénsalo bien. Hazlo por mí. Piensa en nosotros. (El Hombre señala el traje.) No lo tires tú a la basura. Por favor.
Ex-Oso: No. No puedo. Perdóname. Perdóname de verdad. Adiós.
(El Hombre que tenía puesta la botarga de oso sale. Los globos del principio explotan y las cajas con tarritos de miel se caen. Oscuro.)
viernes, 16 de septiembre de 2011
Fernando y Sonia.
Sonia está sentada ante una gran mesa. Al fondo hay estanterías con libros. Sonia sostiene frente así un pesado libro. En la portada del libro en letras grandes y doradas de lee: Otelo.
Fernando entra en la habitación y se dirige hacia Sonia. Cuando está a punto de hablarle Sonia levanta la mano y sobre su cabeza, colgado del techo, se ilumina un gran letrero que dice: Sala de lectura, Favor de guardar SILENCIO. Desde el fondo se escucha un fuerte "¡¡Shhht!!". Fernando, apenado, se sienta con mucho cuidado a un lado de Sonia y la mira.
Sonia cambia la página. Fernando abre su mochila de donde se caen dos canicas. Fernando se para rápidamente para recogerlas, desde el fondo se escucha otra vez el "¡¡Shhht!!", Fernando se congela en el acto. Sonia cambia la página. Las canicas ruedan hasta perderse al fondo de las estanterías. Fernando vuelve a su lugar, mira a Sonia. Sonia, camba la página.
Fernando saca un cuaderno y comienza a escribir, cambia de idea, se detiene, arranca la hoja, la hace bolita y lanza contra el bote de basura. Falla. Del fondo se escucha aún más fuerte el "¡¡Shhht!!" Fernando se levanta y de puntitas va a tirar la bolita de papel correctamente. Sonia cambia la página.
Fernando vuelve a su lugar y al sentarse comienza a sonar su teléfono, por toda la sala se escucha el "tonito" de funeral del celular de Fernando. Desde el fondo suena aún más fuerte el "¡¡Shhht!!". Fernando pone cara de susto. Sonia cierra el libro y mira a Fernando. Fernando saca su teléfono y lo apaga. Sonia y Fernando se miran.
Fernando mete su teléfono en la mochila y saca una flor, se la extiende a Sonia y sonríe. Sonia la toma y sonríe también. Fernando y Sonia se miran.
Una mujer de aspecto severo sale desde el fondo de las estanterías, está a punto de decir algo pero Sonia la interrumpe con un ligero "¡Shh!", toma a Fernando de la mano y salen.
Oscuro.
Fernando entra en la habitación y se dirige hacia Sonia. Cuando está a punto de hablarle Sonia levanta la mano y sobre su cabeza, colgado del techo, se ilumina un gran letrero que dice: Sala de lectura, Favor de guardar SILENCIO. Desde el fondo se escucha un fuerte "¡¡Shhht!!". Fernando, apenado, se sienta con mucho cuidado a un lado de Sonia y la mira.
Sonia cambia la página. Fernando abre su mochila de donde se caen dos canicas. Fernando se para rápidamente para recogerlas, desde el fondo se escucha otra vez el "¡¡Shhht!!", Fernando se congela en el acto. Sonia cambia la página. Las canicas ruedan hasta perderse al fondo de las estanterías. Fernando vuelve a su lugar, mira a Sonia. Sonia, camba la página.
Fernando saca un cuaderno y comienza a escribir, cambia de idea, se detiene, arranca la hoja, la hace bolita y lanza contra el bote de basura. Falla. Del fondo se escucha aún más fuerte el "¡¡Shhht!!" Fernando se levanta y de puntitas va a tirar la bolita de papel correctamente. Sonia cambia la página.
Fernando vuelve a su lugar y al sentarse comienza a sonar su teléfono, por toda la sala se escucha el "tonito" de funeral del celular de Fernando. Desde el fondo suena aún más fuerte el "¡¡Shhht!!". Fernando pone cara de susto. Sonia cierra el libro y mira a Fernando. Fernando saca su teléfono y lo apaga. Sonia y Fernando se miran.
Fernando mete su teléfono en la mochila y saca una flor, se la extiende a Sonia y sonríe. Sonia la toma y sonríe también. Fernando y Sonia se miran.
Una mujer de aspecto severo sale desde el fondo de las estanterías, está a punto de decir algo pero Sonia la interrumpe con un ligero "¡Shh!", toma a Fernando de la mano y salen.
Oscuro.
sábado, 23 de julio de 2011
R.
El mar es rojo. El agua roja corre. El cielo rojo brilla en una tarde enrojecida.
Y en la playa de arena roja, un hombre vestido de negro mira hacia el horizonte. El silencio, el movimiento del mar, la calma.
-Pienso en la nada, en lo posible y lo imposible (¿Quién decide qué es imposible?). No hay nadie a mí alrededor.
El mar se mueve aunque el viento no sople, porque aquí el viento y la mar son independientes. (¿Por qué?)
-Suspiro y no pasa nada. Suspiro y espero. La inmensidad.
Ese color rojo te baña y te llena, es voraz e incontenible. El color rojo que se extiende desde el mar hasta las montañas es.
-El viento sopla en mi cara de manera inconstante, me recuerda dónde estoy. Aquí, ahora. (¿Por qué?)
Nada le preocupa, nada te preocupa, nada me preocupa, porque aquí, ahora, en la inmensidad, mientras el viento sopla y el mar se mueve no pasa nada.
Porque a veces simplemente, no pasa nada.
En la playa, un hombre solo, vestido de negro, mira hacia el horizonte. Su entorno manchado de rojo le recuerda a los que ya no están, a lo que se van, a los que se llevan. En la playa un hombre de luto, mira hacia el horizonte.
Y en la playa de arena roja, un hombre vestido de negro mira hacia el horizonte. El silencio, el movimiento del mar, la calma.
-Pienso en la nada, en lo posible y lo imposible (¿Quién decide qué es imposible?). No hay nadie a mí alrededor.
El mar se mueve aunque el viento no sople, porque aquí el viento y la mar son independientes. (¿Por qué?)
-Suspiro y no pasa nada. Suspiro y espero. La inmensidad.
Ese color rojo te baña y te llena, es voraz e incontenible. El color rojo que se extiende desde el mar hasta las montañas es.
-El viento sopla en mi cara de manera inconstante, me recuerda dónde estoy. Aquí, ahora. (¿Por qué?)
Nada le preocupa, nada te preocupa, nada me preocupa, porque aquí, ahora, en la inmensidad, mientras el viento sopla y el mar se mueve no pasa nada.
Porque a veces simplemente, no pasa nada.
En la playa, un hombre solo, vestido de negro, mira hacia el horizonte. Su entorno manchado de rojo le recuerda a los que ya no están, a lo que se van, a los que se llevan. En la playa un hombre de luto, mira hacia el horizonte.
viernes, 24 de junio de 2011
Yrealidades.
Un hombre mira hacia arriba, gira sobre su propio eje, saca un papel de su saco, lee; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina sobre el pasto, alza la mirada, mira el sol, sonríe, saca de su bolsillo un reloj, mira la hora; el hombre se hace de piedra.
Un hombre sube la escalera, uno, dos, tres escalones, llega hasta arriba, flexiona las rodillas, se rasca la cabeza; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina en círculos, respira hondo, agita los brazos, aguanta la respiración; el hombre se hace de piedra.
Un hombre camina por la calle, se detiene, mira el reloj, otro hombre se acerca con una pistola, le dispara en la cabeza y se va con el reloj; nadie ha visto nada y los que lo han visto no dicen nada, ¿se han vuelto de piedra?
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