martes, 24 de enero de 2017

Es sólo curiosidad.

A veces tengo la sensación de que no me lo dices todo. De que te me muestras incompleta.
Y con esto no quiero decir que no puedas tener secretos, o que tengas que ser siempre transparente para mí. Pero es cansado. Es que no me dices las cosas y luego te enojas. Te enojas porque dices que no sé qué te pasa. Sabes que no soy muy listo. Nunca se me ha dado eso de... intuir, de... saber con el corazón. Sí, estoy leyendo el libro que me regalaste. Te dije que uno de mis propósitos del año es leer más. Para entender un poco mejor el mundo, o al menos para no quedarme callado cuando salimos con tus amigas. No me estoy quejando. Otro de mis propósitos es el de ser más claro con las cosas que digo y hago. Poner en práctica eso de que ideas positivas atraen acontecimientos positivos. Ya te enojaste, ¿verdad? ¿Ves lo que digo? Cuando era chico desarrollé una personalidad de chicle. Me alegraba por las cosas que le pasaban a los demás y me ponía triste por desgracias ajenas. Cambiaba de humor dependiendo de mi entorno, era como un chicle que se amolda al cuerpo de aquel desafortunado que se lo cruza por el camino. Me pegaba en todos lados, con todo el mundo. Hasta que se me acabó el sabor. Y luego me sequé y ya no me pude pegar con nadie. Sí, ya sé que no es una analogía buena ni bonita, el que lea más no quiere decir que de repente sea una persona elegante o elocuente, sólo quiere decir que ya no me aburro tanto como antes, y que puedo decir: Sí, sí lo leí, sí lo conozco. Aunque no me acuerde muy bien lo que decía o cómo era. Lo que intentaba decir con lo del chicle es que a veces me inunda una felicidad, pero una felicidad amorfa, que no me pertenece. Y otras veces me quedo como pensativo y triste y no sé por qué. Me gustaría saber si esas cosas que siento vienen de ti. Si mi chiclosidad ha regresado y estoy pegado a ti. No, de verdad no es una queja, es sólo curiosidad. Si no quieres contestar está bien. Pero luego no digas que no te pregunté.

martes, 28 de octubre de 2014

De las noches sin sueño o El increíble amanecer de El hombre araña.

Monólogo para Erendira Luna.

I. Despedida.
En el cuarto sombras borrosas. Es el televisor en medio de la noche que todo lo invade y que se convierte en el centro de atención. La única fuente de luz. Esa pantalla luminosa a las tres de la mañana.
Frente a ella hay un hombre sentado con la camisa abierta y la baba escurriéndole por la mejilla. Yo lo miro desde la puerta mientras escucho esas risas del televisor. Es decir, no es que el televisor se ría de mí, me refiero a que están pasando uno de esos programas de concursos donde hay risas al por mayor. Risas grabadas. Risas falsas que por un momento son más reales que cualquier cosa en esa habitación.
Quiero mirarte a la cara y decirte que no me importas nada. Que me das igual, que ya me voy. Quiero quitarme estos putos zapatos que me aferran a este departamento de mierda. Quiero decir groserías para evadirme un poquito más. Buenas noches y buena muerte.
Quiero por sólo un día decir la verdad.
Pero no importa que yo quiera muchas cosas. La verdad no importa.
Hoy no es ese día anhelado en el que las cosas cambiarán mágicamente.
Me paro en el marco de la puerta porque son las 3:05 a.m. y vine a apagarte la tele como siempre. Como siempre. Pero hoy llegué 5 minutos temprano. Vuelvo a la cama y me duermo a las 3:15 a.m. Hoy llegué temprano y no quiero apagar la tele para no estar en la cama 10 minutos pensando en tonterías.
No quiero pensar tanto.
Cruzo el cuarto y apago la tele. Silencio.
Te odio, y no puedo vivir sin ti.
Me enfermas, y me estoy acostumbrando a eso.
Eres tan ridículo con tus calzones del hombre araña como si tuvieras 12 años.
No dejo de pensar en ti. En lo horrible que eres, y aún así en ti.
Te dedico como siempre mis noches sin sueño. Sin esperanza.
3:15 a.m.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Que pase el tiempo, que pase.

Que pase el tiempo, que pase. Que nos deje libres, que deje correr los ríos, libres como tú, libres como yo. Qué pase el tiempo, que lo cambie todo. Que no cambie nada. Qué borre las sonrisas y las lágrimas. Que todo vuelva a empezar. Qué pase el tiempo, que pase. Que se coma los minutos, que me rompa el corazón. Que me deje en la nada, que me haga volar. Qué mueva la nubes, que suene el viento. Que pase, que se entierre en la arena, en la playa, en el mar, en el tal vez, en el quizás. Que pase el tiempo y que todo vuelva a empezar. Que se lleve la primera vez, la última vez, el nunca jamás. Qué rompa el silencio, que saque a secar la ropa, que baile bajo la lluvia, que ría a la luz de la luna. Que pase el tiempo, que nada importe nada, que todo importe todo. Que coma y vuelva a comer. Que te mueva los cabellos, que te levante la falda. Que pase el tiempo. Que se lleve mis arrugas, que te cuente un cuento. Que se coma las uñas, que te robe el aliento. Que pase el tiempo, que pase.


jueves, 3 de enero de 2013

Un parpadeo. Uno.

¿Quién era el hermoso caballero que la acompañaba? Era en lo único en lo que podía pensar. ¿Lo viste? Cabello ondulado, ojos profundos, la sutileza de sus manos, como si su copa flotara a su alrededor. Y su voz, cuando habló por primera vez se hizo el silencio en la mesa por unos segundos, ¿Lo viste? No te creo.¿Quién era él? Y también me pareció delicado. Como si pudiera desaparecer en el viento con un parpadeo. ¿Era real, verdad? ¿O sólo un sueño? Cuando salí al jardín, ya no estaba, pero me pareció escuchar su voz. La comida no estuvo excelente, la plática fue aburrida y monótona, los mismos temas, la misma música "elegante". No fue un sueño, nada era de ensueño. Bueno, ya sabes. ¿Dónde está? ¿Quién era el? Te callas y me dejas sonrojada como si tuviera quince años. "Ya ni las chicas de quince años se sonrojan así". ¿Es todo lo que vas a decir? Santurrona. Y no es un insulto, sabes que te quiero. Sí, te quiero. Más de lo que a mí me gustaría incluso. ¿Cuándo volveremos a tener una cena así? Sabes que no me interesa la comida. A mí me da igual. Sobrenatural, ¿no te parece? ¿Ardiente y audaz? Ahora quién es la que suena a novela mal traducida. Pues sí es verdad, no me interesa. De cualquier modo me insulta tu silencio. Porque siempre te callas las cosas importantes. Sí, importantes para mí. No se trata de eso. Mira el viejo reloj, ¿qué hora es? ¿Y hace cinco minutos? ¿Y cinco minutos antes? ¿Y cinco minutos antes de eso qué? Terminó, la cena, comenzaron a despedirse, quise acercarme a él. No fui tan veloz. Corrí a la puerta. Desapareció. En el viento, si tu quieres. Llevo quince minutos en el marco de la puerta. ¿Quién es? ¿Ah, sí? ¿Y desde cuando invitan desconocidos a cenar? No, no tengo sueño, gracias. Pues buenas noches, entonces.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Entre las cenizas.


Entre las cenizas hay una mujer de vestido blanco que moja sus cabellos con el agua de la cubeta que firmemente lleva entre los brazos. Entre las cenizas hay un hombre que la mira y que no puede creer la blancura del vestido de la mujer mientras frota sus cansadas manos. Entre las cenizas hay también un gato.

- Es hermoso, ¿no le parece?.
- ¿El qué?, disculpe.
- Todo esto. Las cenizas.
- Ah, ¿le gusta?. Le gusta.
- Siempre he encontrado cierta fascinación...
- En el sufrimiento de los demás quiere usted decir.
- No, no me mal interprete. Me refiero a, la idea en sí.
- Corazones consumidos por el fuego.
- Sí, me gusta la idea de que alguien aún pueda amar así.
- ¿Aún?.
- Aún. ¿Por qué sonríe?
- ¿No me está permitido sonreír?
- No dije eso, no es una prohibición sino una pregunta; mera curiosidad.
- Bueno, pues sonrío, para... espantar el mal rato.
- ¿Es eso posible?
- Inténtelo. Sin tanto esfuerzo... debería ser más simple.. espere, ¿qué hace? Antes a la gente se le caían las sonrisas de la cara o se las dejaban arrancar fácilmente.
- Yo nunca he sido fácil.
- Sí, se nota. Y no se moleste, es un cumplido.
- Es difícil de creer.
- Las mejores cosas son siempre difíciles de creer.
- Sí, es cierto, y la verdad es un poco triste.
- ¿Le parece triste la Verdad?
- No. Me refiero a que en verdad es triste que sea difícil creer que... Sí, un poco.

Hay entre las cenizas, una mujer, un hombre y un gato.





viernes, 14 de diciembre de 2012

Hacia el vacío.


Hoy dormí. Y soñé. Soñé como nunca antes.
Avanzaba por calles empedradas montando un cocodrilo. Fui valiente como nunca antes.
Avanzaba por la larga avenida entre luces y balcones. Avanzaba y avanzaba.
Luego ya no.
Bajé del cocodrilo y le agradecí el paseo. Seguí a pie, con la inseguridad de encontrarte.
A la vuelta de la esquina. Brillante.
Luego dudé. Antes de girar. Sin sombras . Sin sonidos. Sin pasos. Sin.
Cerré los ojos.
Ese aroma. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Clamoreo.
Un dulce sonido. Y ese aroma.
Tal vez me estrelle contra la pared. No importa. Hoy no. Hoy dormí. Y soñé.
Fui valiente como nunca antes.
Doy un paso. Uno solo. Uno sólo.


lunes, 10 de diciembre de 2012

No te vayas.

Y entonces me dio un abrazo de "No te vayas". ¿Un poco más de azúcar?, me preguntó la camarera, el "plap" de su chicle me regresó a éste momento. "No te vayas". No, gracias, dos cucharadas está bien. Dos... está bien.

Tomo el café, respiro. Camino, respiro. El autobús. Respiro. "No te vayas"
$4.50 hasta allá, el camión no da cambio, ni modo. Sorbo uno, dos, tres tragos. Paisaje urbano, respiro.

Con permiso. Movimiento de rodillas. Alguien se sienta a mi lado.
Veo por un momento tus ojos en sus ojos. "No te vayas, respiro."

¿Cuánto tiempo llevo en éste camión? Dos segundos. ¿Tres?
El tiempo no avanza, cada paso me regresa a ti, cada vuelta de rueda del camión. A ti.
"No te vayas", abrazo cariñosamente tu recuerdo.
"No te vayas".

Disculpe, ¿sabe si falta mucho para llegar?
¿Dónde estoy?
Faltan dos semáforos. Claro, gracias.
El café sigue caliente. Dos, tres tragos más.
Cerraré los ojos y nos los abriré hasta que estés delante.
"No te vayas". Respiro.



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